Cualquier Estado que hubiera sufrido una dictadura, no ya de cuatro décadas sino mucho menos extendida temporalmente, habría intentado realizar políticas de memoria para paliar los muy negativos efectos sociales que la represión, que es inherente a tales regímenes, causan sobre la colectividad. Muchos ejemplos hay al respecto, pero no es el caso de España. Aquí no tuvimos una revolución, como en Portugal o una presión nacional o internacional poderosas como en Latinoamérica, o incluso no perdimos ninguna aventura bélica (obviemos el caso del Sáhara, por no extendernos demasiado); el proceso español fue muy distinto y, en gran medida, cosmético. …















