Frente al relato complaciente de la “polarización”, este artículo sostiene que lo que está en juego es algo más profundo y peligroso: el avance organizado del neofascismo en medios, instituciones y sentido común, una ofensiva cultural que normaliza el odio, desplaza los consensos democráticos y convierte la persecución política en una práctica cada vez más habitual.



























