No saldremos juntas de esto

Las aristas de esta gran crisis sanitaria y más allá son múltiples. Tristes días con sus tristes noticias que nos hacen percatarnos, tener que ser conscientes de la importancia que supone la defensa de los servicios públicos. El planteamiento y la continuidad de la implantación de otro modelo social está más en juego que nunca. Nos encontramos ante la disputa de un modelo, del modelo de la sociedad que queremos donde también se tienen en cuenta los cuidados, los sentimientos y las emociones por muy quebrantadas que estén. Qué dolor tan grande el no poder despedirnos de alguien como se …

No podemos
Erika Sanz e Itxaso Cabrera en una imagen de archivo. Foto: @ItxasoPodemos

Las aristas de esta gran crisis sanitaria y más allá son múltiples. Tristes días con sus tristes noticias que nos hacen percatarnos, tener que ser conscientes de la importancia que supone la defensa de los servicios públicos. El planteamiento y la continuidad de la implantación de otro modelo social está más en juego que nunca. Nos encontramos ante la disputa de un modelo, del modelo de la sociedad que queremos donde también se tienen en cuenta los cuidados, los sentimientos y las emociones por muy quebrantadas que estén.

Qué dolor tan grande el no poder despedirnos de alguien como se merece, no poder acariciarle, no poder susurrarle al oído cuánto le queremos y que le echaremos de menos. Qué arruga imborrable en el alma que nos acompañará hasta que seamos nosotras mismas las que tengamos que decir adiós. Qué surco en nuestra vida tan inevitable en estos días y tan irreversible al mismo tiempo. ¡Qué rabia!

Los entierros son ritos necesarios en nuestro ciclo vital, ceremonias antropológicas que marca desde lo más laico a lo más religioso un orden en nuestros sentimientos. Precisamos un acto en el cual despedimos a aquella persona que conocimos en vida y para quien se queda será difícil olvidar. Necesitamos el abrazo amigo y el apoyo moral. Nuestros antepasados, desde el origen de los tiempos, llevaban estos ritos adelante, actos sanadores, necesarios, precisos y una cura oportuna para ayudar a cerrar las heridas con el tiempo. En los últimos días las redes se llenan de historias, de microrrelatos que nos gustaría no tener que vivir, de experiencias de familias sobre el partir de muchos de sus seres queridos donde realmente no hay despedida, sin adiós, sin acto de hasta luego, sin entierros, sin abrazos, sin caricias reparadoras...

Adentrarnos en la dicotomía, en una diferenciación entre dos pensamientos opuestos de la población es tan peligroso como arriesgado, pero solo apostando por las personas podremos comprender que la curva solo se parará si forzamos esta defensa: la defensa de la vida contra la ley de la selva. La voz feroz, el caminar cruel del capitalismo no puede ganar espacio en estos días y en los días que vendrán. Ante una crisis emocional, social, económica, y sí, también sanitaria es necesario que se recuerde que solo el pueblo es capaz de salvar al pueblo.

Y en estas está la gente. Importantes acciones solidarias en cada pueblo y cada barrio, nos hacen ver cada día que nuestras vidas sí tienen valor más allá de los mercados y de la economía. Cada día que pasa resistimos, a la vez que sale a la luz el resultado de décadas de políticas privatizadoras. A los neoliberales les han puesto la alfombra roja al desmantelamiento de lo común por parte de unos pocos que a la par han hecho caja metiendo mano a los servicios públicos y extendiendo la precariedad laboral y social.

Estamos viendo que las actividades esenciales para sostener la vida en estos momentos son las más precarias y lamentablemente como suele ser habitual las más feminizadas, porque esto también es una crisis de cuidados. Las trabajadoras de las residencias, las empleadas del hogar, de la limpieza, las trabajadoras del servicio de atención a domicilio, trabajadoras del campo, empleadas de los supermercados, para todas ellas la afectación de la COVID-19 ha traído mayores riesgos por la exposición al contagio sin medidas de protección, más precariedad y sobrecarga de trabajo de la que ya tenían antes de la pandemia.

A la vez, aquellas personas que no pueden acceder a un empleo, lo tienen como siempre peor, mucho peor. Y es que esta crisis también va de clases, de la diferencia del código postal que de nuevo pone de manifiesto las grandes diferencias entre unas personas y otras. Escapar de políticas estigmatizadoras para poner en marcha propuestas de carácter real es más que necesario para que ahora, más que nunca, nadie se quede atrás. Por eso, defendemos una salida democrática de esta crisis, con medidas como el Ingreso Mínimo Vital de cuarentena, porque si la gente que peor lo pasa se queda fuera no habremos hecho más que aumentar la desigualdad y seguir dándole carta blanca a un sistema que pretende dilapidar los recursos públicos y de nuestro planeta.

Los días pasan, es duro perder a seres queridos, llamar a tus amigas y conocidas y que te cuenten cómo les afecta esta crisis desde el trabajo, desde la incertidumbre de haberlo perdido o de no saber cuándo van a poder reabrir su negocio. No contar con ingresos y no saber cuánto va a durar esto, pasar aislada el confinamiento o con familiares que dependen de ti son muchas de las situaciones que se están dando. Por eso, vemos cómo en ocasiones esta pandemia es idealizada: saldremos más unidos, estamos aprendiendo a valorar otras cuestiones... ¡No!, el aprendizaje a la fuerza no es necesario ni reconfortante. Ahora no es tiempo de sacar pecho desde el totalitarismo, ni de discursos de odio ni de abrazar banderas. Ahora es tiempo de poner en marcha un sistema real de cuidados, de ser conscientes de lo necesario que es el tejido social, de saber reconocer nuestra interdependencia, de dar un sentido adiós a quien nos deja. Es necesario, es un compromiso de quienes conformamos esta sociedad. Al final, no hay nada más humano que un abrazo, que el llorar mientras se protege lo esencial: el cuidado y la defensa de la vida.

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