Culturas

Adiós quilombo, Galeano

"Que quienes te han servido de referencia literaria se te vayan muriendo, entra dentro de lo que se puede esperar. Te dejan en la biblioteca el hueco de todas las obras que ya no escribirán, un reguero de panegíricos más o menos bienintencionados en la hemeroteca y, al borde de los labios, una queja musitada: 'joé, qué lástima”, sostiene el autor.
| 15 abril, 2015 17.04
Eduardo Galeano. Foto: Mariela De Marchi Moyano

Eduardo Galeano. Foto: Mariela De Marchi Moyano (CC BY-SA 2.0)

Que quienes te han servido de referencia literaria se te vayan muriendo, entra dentro de lo que se puede esperar. Te dejan en la biblioteca el hueco de todas las obras que ya no escribirán, un reguero de panegíricos más o menos bienintencionados en la hemeroteca y, al borde de los labios, una queja musitada: “joé, qué lástima”. Los ojos se te arrasan un momento; su voz, cuando has llegado a escucharla en vida, regresa un instante para dejarte dos o tres palabras emocionantes y casi secretas, tan personales; hay la sensación vertiginosa de un hueco difícil de colmar del que es necesario apartarse; y luego, en seguida, la vida con sus bollos da otro arreón, te deja el tiempo justo de entretejer unos laureles o unas flores junto al recuerdo más fresco que guardas de ella, de él, y eso es casi todo. Pena honda, sin duda, y un ejemplo, en los mejores casos, ya fijado en su escala definitiva, para medir tus desvelos. Por misma ley de vida y muerte, las obras ya publicadas no se entierran con el difunto, lo que haría que algunas pérdidas inevitables se convirtiesen en tragedias irreparables, en las que verdaderamente habría que arrancarse los cabellos a puñados y llenarse la boca de ceniza sin metáforas ni figuraciones.

Ya es casi noticia vieja en este hoy de las actualidades que saltan una tras otra al abismo de lo inmediato: el cúmulo de inteligencia, compromiso y sensibilidad que firmó como Eduardo Galeano no rascará más papel. Eduardo Galeano, el hombre, el poeta, el periodista, dobló anteayer la esquina más remota de la vida y adiós quilombo, mal que le pese, por muy mal que lo tomemos. Nada que hacer. Salvo quizás…

No dejar que el miedo nos achique el alma.

Dar otros dos o diez o quince pasos hacia la utopía, para que ella se nos mueva otros tantos para allá.

Dar otros dos o diez o quince miles de abrazos, sobre todo en la calma horizontal de los semejantes.

Atizar el fuego de los desheredados, tomar partido por su hoguera, que es la más débil.

Saludar y honrar a las plantas y los árboles esclavizados por las urbes, desterrar al monstruoso coche.

Amar las luces y las sombras. Saber caer para saber levantarse, y enseñarlo a otros.

Llamar a las cosas por su nombre, decir lo evidente, blandir la palabra íntegra, con todas sus letras.

Renunciar a prohibir, delirar un ratito. Desencadenar la alegría de hacer y traducirla en actos.

Esforzarse por comprender de lo lindo la diversidad e incluso la contradicción. Iluminar lo poético de este mar de fueguitos con la luz propia de cada uno.

Reconocerse en los demás la humildad de las cosas chiquitas, la falsa grandeza de las cosas grandotas, el mundo de las personas sencillas donde alienta el universo.

Amor que va, amor que vuelve, con insolencia: somos todos poetas de lucidez e inocencia mientras no nos metemos en los moldes estrechos que el poder reserva a los adultos.

Pelear por un mundo que sea casa sin puertas, toda ventanas, siempre y para cualquiera.

Cerrar, sin más retrasos, las venas abiertas que el dedo armado y esgrimido desde arriba y en vertical lleva siglos abriendo en todo continente, en cada patria nuestra, grande o chica.

No mirar nunca desde arriba ni desde afuera, hacerlo desde adentro, cara a cara, en cercanía franca y afectuosa.

Cribar lo esencial y recordarlo, volverlo a pasar por el corazón y luego recordar otra vez y volver a pasar por el corazón.

Jamás pisotear una conciencia, ni un cuadrado de hierba, ni los pasos de otros. Caminar y respirar con glotonería de auténtico lujo, sin aristocracias.

Calmar la sed de justicia aportando un buchito de agua propia, de nuestra fuente personal.

Cortar las gomas que sostienen la careta de la mentira, del dogmatismo, del integrismo y de tantos otros ismos, de casi todos los ismos.

Absorber el dolor de quien no consigue quejarse. Dar aleteo vivo a la voz de los sin voz, hacer elocuente su silencio.

Escribir con sangre, con savia, con leche, con pan, con tinta limpia. Recuperar la conciencia en ejercicio, sin excusas, con su prodigio en flor.

Celebrar la realidad generosa en que vivimos con múltiples colores, sus hallazgos y sus pérdidas, incluida esta.

Ser mujer, ser niño, ser pobre, ser vieja, ser la despreciada mitad del mundo. Y entonces, de verdad, ser.

Dar a conocer cuando sea posible, con alegría alta y humildad severa, la obra de Eduardo Galeano, por humana y profunda, con cuyas palabras se han compuesto estas líneas.

[Daniel Rabanaque es poeta y trabaja en Resón :: Comunicación y diseño]

15 abril, 2015

Autor/Autora

Poeta. Trabaja en Resón :: Comunicación y diseño (resonpublicidad.com) (@DanielRabanaque)


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