Altavoz

Yo, y mi yo, y mi red social

A nadie le habrá pasado desapercibido ese famoso trío de abuelas de la serie ‘Aquí no hay quien viva’ compuesto por Marisa, Concha y Vicenta. Sinceramente, creo que pocas personas no habrán vertido risas con el comportamiento particular de un trío en cuya puerta de casa tenían tres mirillas para observar al vecindario y cuyas...
| 3 marzo, 2017 07.03
Yo, y mi yo, y mi red social

A nadie le habrá pasado desapercibido ese famoso trío de abuelas de la serie ‘Aquí no hay quien viva’ compuesto por Marisa, Concha y Vicenta. Sinceramente, creo que pocas personas no habrán vertido risas con el comportamiento particular de un trío en cuya puerta de casa tenían tres mirillas para observar al vecindario y cuyas tertulias sobre sus vecinos apodaban como ‘Radio Patio’.

El cine y la televisión, cuando se trata del humor, extraen patrones generalizados y los exponen de forma desmesurada, aunque no por ello quita que dejen de ser patrones reales. La pregunta aquí sería, ¿exagerado o no? Sin embargo, aún tenemos otra cualidad increíble en el ser humano (y digo increíble en su terminología literal: no-creíble) ¡somos capaces de atribuir dicho trío a personas externas de nuestro entorno e ironizar sobre ello!

Ya ves tú, unas risas, un apodo y a conectarnos en nuestra red social para cotillear a nuestras 50, 100 o 300 ciberamistades con una mera diferencia: hemos sido nosotros mismos quienes de una forma voluntaria hemos expuesto nuestra vida privada al público, a un público desconocido por el riesgo de que dicha información llegue a terceros. Eso sí, que no salgan noticias de que los ‘cookies’ revelan información nuestra, ¡porque somos capaces de acudir al Tribunal de Estrasburgo si es preciso!

Así es el ser humano. Con nuestras contradicciones cuasi patológicas e incomprensibles dentro del único ser vivo que parece, o mejor dicho, según dicen, la única diferencia al resto de los mismos sea una supuesta inteligencia.

Existía un cartel que denunciaba el sexismo en las discotecas y hacía reflexionar a las chicas que, a diferencia de los chicos, no pagaban entrada, y reflexionaba: Si un producto es gratis tú no eres el cliente, sino el producto. ¿Hace falta preguntar a qué precio podemos disponer de una cuenta en Facebook, Twitter, Instagram, etc?

Cualesquiera que sean las relaciones económicas de un Estado, trae consigo unas relaciones sociales. Y con éstas, una cultura, un arte y unos valores. Bajo el libre mercado, bajo el sistema de la competividad, nace el individualismo. El individualismo es la «religión» del capitalismo. Y tales valores se apegan a nuestra conducta psicológica -aún sin quererlo en muchas ocasiones- y se refleja, una vez más, en nuestras redes sociales donde hacemos gala a coste cero de nuestros pensamientos, deseos o gustos. En ellas se vuelca con total parsimonia nuestra egolatría. Y los dueños multimillonarios de las redes lo saben perfectamente y nos lanzan sus indirectas: «¿Quieres compartir algo?», «¿Qué estás haciendo?», muéstranos «Tu historia»… unas preguntas que incomodan mucho al narcisismo propio (perdonen la ironía).

El día 23 de febrero, se conocía la sentencia de 3 años y medio de prisión al rapero mallorquín Josep Valtonyc por una canción donde se le aplicaba el delito de injurias a la Corona. Está claro que injurias se pueden verter a cualquiera, aunque no al mismo precio, por más que digamos eso de que todo el mundo es igual ante la ley y bla bla bla…., en el papel mojado y caduco que se implantó en 1978. Por supuesto la ciber-indignación de gran parte de la “izquierda” omitió quizás el dato más relevante por parte de nuestros amigos «del cambio»: la canción por la que se le imputa a Valtonyc fue solicitada por el programa ‘La Tuerka’ cuyo presentador en aquella época era el señor Pablo Iglesias, secretario general de Podemos, que no ha dicho ni mu sobre la sentencia haciendo gala de su comprometida solidaridad.

Pero, volvamos al tema que hoy abordamos, volvamos a las redes sociales. Valtonyc fue ‘trendig topic’. En términos actuales viene siendo que fue un tema que estuvo en boca de muchos usuarios. En las redes fuimos testigos de ello porque la indignación no se hizo esperar, como es evidente. Fotos de perfiles que pedían la absolución, múltiples carteles con el mismo mensaje, miles de noticias compartidas y comentadas… lo que en la práctica se resume en 3 manifestaciones convocadas: en Lleida (139.000 habitantes), Sineu (3.629 habitantes), su pueblo natal y Valldemosa (2.003 habitantes), otro municipio del norte de Mallorca. Contando que, en su mayoría de habitantes no se manifestaron pese a ser un tema ‘trendig topic’, ¿aún sigues pensando que las redes tus opiniones «incendian» la calle? ¿aún sigues creyendo su utilidad básica por el mero hecho de la implantación tecnológica en la vida diaria?

He aquí nuestro harakiri político. ¿Dónde ha quedado el resto de indignación? ¿Os lo podéis imaginar? Que sí, que habéis mandado decenas de mensajes con “Te apoyo” que a hechos prácticos resulta ser un cero a la izquierda; gratuitamente das a conocer tus condición política a cambio de no hacer nada efectivo que pueda evitar la cárcel. Que sí, que lo habéis compartido para que lo vean vuestros contactos. Que sí, que habéis cambiado vuestras fotos para darle más difusión. Y de hecho, ahí reside la ¿ventaja? de dichas redes: la rapidez de la información. Aunque rápidamente se contrarreste con la sobreinformación.

Existe el miedo. Miedo a la cárcel y a la represión sí, pero aún hay un miedo mayor si cabe: el miedo a fracasar sobre nuestras expectativas irreales que nacen del mundo virtual. Y creo que ahí radica un error descomunal: fracasar en nuestras expectativas irreales del mundo virtual es, por el contrario, el camino para construir. Y no intentar fracasar en este ámbito reduce nuestras posibilidades a la nada más absoluta. Y cuando digo esto, lo digo con noción de lo que lo que hablo. Es un secreto a voces que hasta el distrito más pequeño de la ciudad tiene un “grupo político” como página de Facebook. E incluso un blog alojado en wordpress. Que aunque luego estés en ese distrito y no veas nada de actividad ni consigas que te hablen de él en el mismo, ese grupo virtual tiene que existir, ¡aunque sea el webmaster al menos!

Tenemos complejos o miedos de sacar ciertos temas con amigos y amigas cercanos, con familiares e incluso en el trabajo porque pueden traer consecuencias. Y claro, resulta una victoria mucho más placentera desahogarnos en nuestra red social, donde también tenemos a amigos cercanos, familiares y compañeros del curro (eso sí, solo a los que queremos) para obtener esos ‘likes’, esos ‘me gusta’ y esos ‘retweets’, los cuales observamos cómo crecen una vez publicado el desahogo varias veces al día, que tenemos de los que ya piensan similar a nosotros. En otras palabras, nos desahogamos para decir los que pensamos ante unas personas que piensan lo mismo; una sutil manera de invocar nuestro narcisismo. Una “victoria” irreal, pero, a fin de cuentas, en un mundo virtual tan real como nuestra victoria.

Tenemos que «asaltar el cielo», con la misma dificultad que se requiere para hacerlo. Se busca constantemente el atajo para reducir esa dificultad introduciéndonos de lleno en el mundo virtual: un comentario que tiene 45 me gustas y un tweet que lo han retuiteado 358 personas… ¿y qué? Nada de lo que querías cambiar ha cambiado. Ni siquiera un cambio cuantitativo sustancial, nada. Eso sí, has revelado al mundo de qué pie cojeas, y entre ese mundo virtual, hay unas personas que invierten más horas que tú si cabe y que además obtienen un salario por ello, como el GDT de la Guardia Civil, el GDI de la Policía Nacional y la Brigada de Información Tecnológica del mismo cuerpo. Luego no te extrañes si la información que has cedido de manera gratuita y voluntaria te llegue a pasar factura.

El trabajo político para cambiar las cosas, por muy grandes o mínimas que sean, requieren sacrificio, paciencia y constancia. Lo fácil es, saltarte los problemas de la comunidad de vecinos, los del barrio, los de tu ciudad y acabar planteando soluciones a nivel estatal (e incluso internacional, que también se estila) y escudar los saltos del trabajo pendiente con la excusa más usada: «es que ahí no hay nada que hacer porque la gente es… o han dicho que…» Para excusas ya acumulamos 81 años de derrota. Y siempre, siempre, la culpa es de la «gente» y nunca de mi yo. Supongo que tal conclusión es fácil obtenerla cuando nos regodeamos en nuestro atractivo virtual y nuestros ‘likes’.

Las grandes huelgas, las grandes manifestaciones y las grandes revoluciones ocurridas en el mundo datan de fechas anteriores a 1990 cuando nace el primer servidor web de accesibilidad pública. ¿Qué nos hace pensar que porque el mero hecho de tener la posibilidad de que nuestro mensaje (y a la vez el de otros) pueda llegar más rápido y a más gente pueda ser más beneficioso para que llegue un cambio? La estadística está ahí: ¿Cuántas revoluciones han sucedido en el mundo en 27 que lleva vivo internet? Voy a empeorar aún más la estadística si se puede, ¿cuántas de ellas fueron gracias a la rápida comunicación de internet?

Señoría, no hay más preguntas.

3 marzo, 2017

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