Altavoz

Sonreír en la mierda

Venga, vamos a cometer la osadía de dejar de hablar de banderas, sentimientos identitarios y bienes religiosos. Y echemos un ojo a nuestro alrededor, especialmente en estos días de Navidad en los que se enternece o al menos se atiborra el alma: ¿ha visto cómo se nota que la crisis empieza a ser un mal...
| 28 diciembre, 2017 07.12
Sonreír en la mierda

Venga, vamos a cometer la osadía de dejar de hablar de banderas, sentimientos identitarios y bienes religiosos. Y echemos un ojo a nuestro alrededor, especialmente en estos días de Navidad en los que se enternece o al menos se atiborra el alma: ¿ha visto cómo se nota que la crisis empieza a ser un mal recuerdo y esto va carburando de cine para el común de los mortales? Pues yo tampoco. Hay mucha gente que sigue hundida en la mierda, solo que ahora se tapa con contratos vergonzantes y las expectativas están cambiando (a peor).

¿Se acuerda, ahora ya en serio, de cuando emanciparse de casa de los padres era ley de vida, de que lo de ganar mil euros era una birria por la que todos teníamos que pasar hasta hacernos mayores de verdad y de que la guinda al pastel era comprarse piso para ser felices? Lo de la vivienda supuso la estafa del siglo, por cierto, pero me sirve para ilustrar la trampa y el inicio de la cuesta abajo de la precarización total.

Hace diez años, quince, todavía la mayoría creía que nuestra generación viviría mejor que la de nuestros padres; hoy todo se ha derrumbado y, lo que es peor, no tiene visos de cambiar. Hoy mil euros son un lujo: el pasado miércoles, CCOO Aragón revelaba una verdad dolorosa y desalentadora: uno de cada seis trabajadores en esta Comunidad cobra menos de 735 euros al mes. Es pobre, aunque trabaje y, al trazar su perfil, suele tener rostro de mujer. Se lo podrá montar de cine en casa de sus padres, multiplicar sus empleos, lo que sea, todo menos ganar un sueldo digno. Tiene suerte, sí, mucha suerte: podría haber encadenado beca tras beca y experiencia tras experiencia.

Pero abramos el foco. Hay quienes se lo montan mejor y son más emprendedores, por supuesto. No todos tienen el mismo talento para aprovechar la tremenda igualdad de oportunidades que ofrece nuestro sistema educativo y de integración al mercado laboral. Al final, resulta que el sueldo más habitual en este país (en 14 pagas) entre quienes pueden trabajar, no alcanza esos mil euros limpios al mes que antes eran de ‘junior’ y de ‘loser’. Ni mil euros. Además, el 9% de los ocupados españoles vive encadenando contratos que en su inmensa mayoría son eso, temporales, y uno de cada cuatro apenas dura una semana.

Lo mejor de todo es cómo nos cuentan esta recuperación maravillosa normalizando hasta el insulto circunstancias que tienen mucho que ver con la precariedad. Ahora que es invierno, y hace frío, recuperemos esto de 2015: ‘El País’ nos mostraba entonces “9 trucos para calentar la casa sin encender la calefacción”; porque, para qué, ¿no? Que está muy cara, oiga -la luz no para de subir- y es todo un lujo. Publicaron esto sin despeinarse.

¿Más claves y tendencias? La del ‘nesting’ fue memorable: “No salir de casa en todo el fin de semana rebaja la ansiedad e ilumina la mente”. Aunque dirigida a clases medias estresadas, el titular tenía guasa. Otra, ésta en ‘El Mundo’: “Por qué sin hijos serás más feliz”. No tener descendencia es muy legítimo, pero al mismo tiempo una triste realidad entre muchas parejas que no pueden permitírselos, según ha denunciado hace unas semanas la propia Cáritas. Y si quiere o le llega para viajar le presentan no sé cuántos destinos ‘low cost’ para, de nuevo, no gastarse el dinero que no tiene, que no puede ganar, que no merece porque no lo vale, porque la cosa ya no está tan mal y estamos saliendo de la crisis, sí, pero esto ya no es lo que era, antes vivía por encima de sus posibilidades (esos anhelos de ganar más de mil euros, recuerde) y hay que acostumbrarse a que ahora todo es más flexible, más volátil, más dinámico.

No desespere si tiene que darle al ‘nesting’ y no puede salir de vacaciones: es exactamente lo que les ocurre a cuatro de cada diez hogares de nuestro país. Ni una semana al año. Casi idéntico es el porcentaje de los que, según el Instituto Nacional de Estadística, no puede afrontar gastos imprevistos. Vivimos en un país repleto de banderas y obsesionado con su identidad en el que el salario mínimo se situará en 736 euros el año que viene -veremos si sigue subiendo de cara a 2020- y, en todo caso, el último dato conocido de población en riesgo de pobreza eleva la cifra a más de una quinta parte de la población, un drama especialmente agravado para las personas mayores y los menores de 16 años.

Pero qué demonios, en el telediario le dirán que estamos saliendo de la crisis, que no decaiga el consumismo, aunque sea barato -da igual casi qué comprar, si no se le ocurre las tiendas le generarán una necesidad de lo más espontánea- y, si todo va mal o peor, siempre le quedará jugar a la lotería (la del Niño, creo que va ahora).

28 diciembre, 2017

Autor/Autora

Periodista y licenciado en Historia. @jocasas78


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