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Referéndum de Catalunya: cuando la historia se acelera

El 9 de junio Carles Puigdemont convocaba el referéndum de independencia de Catalunya para el próximo 1 de octubre. Desde ese día las declaraciones, las críticas y las destituciones se han acelerado. Parece que, al fin, de algún modo u otro, el conflicto llegará a algún sitio.
| 15 julio, 2017 11.07
Referéndum de Catalunya: cuando la historia se acelera
Diafa 2016. Foto: ANC (CC BY-NC 2.0)

Escribir sobre el Procés de independència de Catalunya es una tarea de alto riesgo. Además de la sensibilidad dérmica que suscita el tema, la velocidad con la que transcurren los acontecimientos dificulta trazar ideas estables. Esta problemática periodística da cuenta de la situación: los hechos se aceleran y los nervios de los distintos bandos que pugnan en el conflicto empiezan a aumentar. En el suceso más representativo de la escalada de tensión, Mayor Oreja, ex ministro del Interior en el ejecutivo de José María Aznar, afirmaba el 12 de julio que “el grupo terrorista ETA ha dejado de matar (…) pero el proyecto de ETA, el proyecto de ruptura con España está vivo en Catalunya”. Son buenos momento para recordar, tal y como hacía tímidamente la exdiputada del PSC Laia Bonet en una tertulia de Catalunya Radio o el Diario Público, el grafiti inscrito en una calle de Barcelona años atrás: “Mayor oreja, menor cerebro”.

Todo empezó (o ha empezado pues si la historia se apresura el tiempo se vuelve maleable) el pasado 9 de junio cuando el Gobierno de la Generalitat junto con las formaciones que lo apoyan, Junts pel sí, la CUP y distintas entidades cívicas, anunciaba la fecha del referéndum. Afirmaba Puigdemont que el domingo 1 de octubre se celebraría una consulta vinculante en la que los catalanes y las catalanas tendrían que decidir si quieren que su territorio sea un Estado independiente en forma de República.

Desde ese día hasta entonces, las discusiones han sido numerosas y han tenido a muchos polemistas como interlocutores: Podemos y la izquierda independentista, Podemos y los Comunes, la izquierda independentista y el Gobierno de la Generalitat, ERC y PDeCAT, el PDeCAT y el PDeCAT, PP y el Gobierno catalán, la derecha española y Podemos; y así en un largo etcétera.

Algunas son viejas discusiones que por soporíferas no aportan nada al debate. En otros casos asistimos a nuevas disputas que actúan a modo de termómetro del momento que vivimos.

Podemos contra Podem con En Comú de fondo

Pablo Iglesias, tras el anuncio del presidente de la Generalitat, decía no estar de acuerdo con ese referéndum por no estar consensuado con el Estado español y no tener garantías jurídicas, y aseguraba que de ser catalán no iría a votar el 1 de octubre. Iglesias añadía que su postura coincidía con los miembros de En Comú, Ada Colau y Xavier Doménech. De este modo desautorizaba al líder de Podemos en Catalunya, Albano Dante Fachín, que consideraba que los seguidores de la formación morada debían participar activamente en la votación aun no considerándola vinculante. La postura de Albano Dante estaba avalada por los votos del Consell ciutadà de Podem Catalunya que había aprobado hacer campaña para incentivar la participación el 1 de octubre. Todo claro si no fuese porque Anna María Pérez Oller, integrante de la dirección de Podem y expresidenta de la Comisión de Garantías Democráticas de la formación, acusaba Albano Dante de manipular las actas del Consell en que se decidió la postura del grupo ante el referéndum.

En los comunes, el teniente alcalde del área de derechos del ayuntamiento de Barcelona, Jaume Asens, en una entrevista en El Crític con fecha de 10 de julio, consideraba que la movilización del primero de octubre era un acto de empoderamiento y decía que “si había urnas, yo iré a votar”. Por su parte Pablo Echenique mostraba su discrepancia con la decisión de la fuerza mayoritaria en el Parlamento de Catalunya, al considerar que “poner cajitas encima de mesas” no tendría ninguna legitimidad.

Días más tarde, el 11 de julio, tras el anuncio de la alcaldesa de Barcelona de que el consistorio de la capital catalana facilitaría la celebración del referéndum y que ella misma votaría, Pablo Iglesias cambiaba de postura pese a decir que su postura era la misma de siempre, y afirmaba que las instituciones catalanas tenían que facilitar por todos los medios una movilización política legítima. El viraje también se producía después de que el ala anticapitalista de Podemos y Podemos Andalucía dieran su apoyo a la convocatoria del 1 de octubre.

Algunos independentistas como el periodista Jordi Borrás en un artículo titulado “Sobre los comunes y el referéndum: la gran estafa”, vieron en estas ideas y venidas ideológicas, una falta de consistencia política y una perversión de Podemos del espíritu del 15-M.

Izquierda Unida, la CUP y ERC en las redes

Internet, una vez más, tampoco ha sido un espacio de concordia estos días. Alberto Garzón incendiaba Twitter con las siguientes declaraciones el 10 de julio: “Es legítimo querer dejarnos aquí con borbones y bárcenas e ir de mano de pujoles. como lo es creer que eso no resuelve problema alguno”. Entraban al trapo los diputados de ERC, Joan Tardà y Gabriel Rufián, criticando al diputado de Unidos Podemos de falta de solidaridad, y Garzón respondía que el proceso de autodeterminación debía contar con garantías.

La más dura crítica al economista marxista y su idea de que el proceso de autodeterminación de Catalunya está secundado por la burguesía catalana (los pujoles), la daba Pau Llonch, otro marxista en este caso de la órbita de la CUP, en un interesante artículo publicado en el blog de Diario Público. A grandes rasgos, los argumentos del texto son los siguiente: la gran burguesía catalana no apoya el proceso de independencia, es parte de la clase obrera catalana y la pequeña y mediana burguesía, como en todas las revoluciones verdaderas, quien lo respalda, e incluso movimiento libertarios como Embat están en favor del referéndum; solo una pequeña parte del PDeCAT respalda el proceso de autodeterminación, siendo la casi toda de la derecha quien está en contra; la posible independencia de Catalunya supondría un estado con una clara mayoría de izquierdas (ERC, CUP y Catalunya en Comú) que Garzón debería defender; el elemento chovinista e identitario es residual en un independentismo que aboga mayoritariamente por los derechos sociales y políticos; no hay resolución democrática posible en el seno del Reino Español (copiado tal cual del artículo de Llonch); la izquierda española debe exigir garantía para el referéndum al estado, no al independentismo; el referéndum consigue quitar la careta a los nacionalista y a la izquierda tacticistas y electoralistas.

Foto: ANC (CC BY-NC 2.0)

Foto: ANC (CC BY-NC 2.0)

Cuando caen las caretas: pelea interna en el PDeCAT

Aunque todavía no sabemos si Catalunya será o no independiente, sí que queda claro que el largo proceso para alcanzar un referéndum ha dinamitado la antigua Convergencia i Unió. Primero fue la caída del sequito de Durán i Lleida, luego el paso al lado de Artur Mas, después el declive del pujolismo, y en los últimos compases de la historia del partido, la depuración de la vieja guardia que empleaba el independentismo como herramienta para conseguir votos.

El 14 de julio se escenificó un paso más en la caída del partido mítico (el partido atrapalotodo). Puigdemont apartó del gobierno a Neus Munté, Jordi Jané y Meritxell Ruiz que serán sustituidos respectivamente por Jordi Turull (portavoz), Joaquim Forn (Interior) y Clara Ponsatí (Enseñanza). Este movimiento que precedía a la destitución de Jordi Baiget por sus declaraciones posibilistas, ya se dejaba intuir el pasado día 12 de julio cuando el presidente de la Generalitat afirmaba que “La confianza no tiene nada que ver con las ideologías y las opiniones. Tengo confianza en gente que piensa diferente a mí, y esto pasa dentro del actual Govern.” Las más recientes destituciones pretenden dar una visión de unidad gubernamental a escasos meses de lo que algunas voces consideran un juego de frenos más que un choque de trenes.

Y mientras, en la Moncloa…

Quizás, la incógnita más grande que resuelva el 1 de octubre se refiere a la inteligencia de Mariano Rajoy. El presidente del Reino de España se ha caracterizado por el inmovilismo en su gestión de la crisis independentista. ¿Es Rajoy un genio de la estrategia o se ha pasado todos estos años sin enterarse de lo que ocurría mientras leía el Marca? ¿Está siguiendo la idea de Aznar que afirmaba que los independentistas acabarían por devorarse entre ellos? El tiempo se agota y todavía nadie sabe qué va a hacer el gobierno central. Parece que la opción que toma más fuerza dentro del PP es la de aplicar el artículo 155 de la Constitución. El famoso verso jurídico reza: “Si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al Presidente de la Comunidad Autónoma y, en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencionado interés general.”

En caso de querer proceder de este modo, el Partido Popular (y por ende su muleta, Ciudadanos) se encontrarían con muchos problemas: ¿quién otorgaría mayoría absoluta al parlamento para actuar contra el gobierno de Catalunya? ¿El PSOE? ¿Qué significa obligar forzosamente a un territorio? ¿Mandar al ejército? ¿Obligar a actuar a los Mossos de escuadra contra la decisión del gobierno catalán? Son muchas preguntas que en los próximos meses se irán resolviendo o que tal y como está el patio, mientras se escriben estas líneas, pueden haber sido contestadas.

15 julio, 2017

Autor/Autora

Periodista y escritor. Colaborador de AraInfo. @AlbertAlexan


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