Altavoz

La patria… según para quién

Hagamos una encuesta ciudadana, aunque nos hallemos en plena efervescencia borbónica: “Y para ti, ¿qué significa España?”. Podrá parecer mera retórica, seguramente habrá quien no sepa muy bien cómo salir del embrollo o quizá se quede en que es su país, su nación, su patria, y punto. Además de vincular estos conceptos a una única...
| 19 noviembre, 2017 07.11

Hagamos una encuesta ciudadana, aunque nos hallemos en plena efervescencia borbónica: “Y para ti, ¿qué significa España?”. Podrá parecer mera retórica, seguramente habrá quien no sepa muy bien cómo salir del embrollo o quizá se quede en que es su país, su nación, su patria, y punto. Además de vincular estos conceptos a una única forma única de ser y de vivirse, a menudo asociada a algo tan étnico como la identidad, vaciar de contenido estas palabras ha sido la especialidad del pensamiento de la derecha desde que hace más de 150 años los liberales creyeron gobernar un país con demasiadas taras feudales.

La patria, aquello por lo que dar todo y que nadie ha sabido a ciencia cierta explicarse. Si nos remontamos al pasado y, salvo excepciones, se podría resumir en un estado de cosas con los de siempre en el poder, el Ejército alerta, la Iglesia católica en posición de privilegio permanente y los empresarios generando riqueza… para sus bolsillos. Todo en orden, el sur en el sur y el norte en el norte; mezclas las menos y justicia social, ni en broma. Eso era en efecto la patria, el estado-nación español, que ideó la derecha asociada a la decadente monarquía hasta que se confrontó a ello la vana esperanza de las dos repúblicas. La última de ambas fue especialmente desgraciada, malograda, traicionada y, en suma, derrotada tras un golpe fascista con ayuda internacional que conllevó miles de muertos, represaliados y exiliados. Para ese momento, al menos, la izquierda ya había logrado esbozar su propio modelo de patria republicana, moderna, de aspiración igualitaria, al estilo de la que había inspirado tanto tiempo atrás a los franceses. El periodo de 1931 a 1936, pese a sus altibajos, fue un fenomenal intento de ponerse al día tras siglos de atraso que se saldó con una nueva parada del reloj, esta vez con más sufrimiento del imaginable, durante otros 39 años por lo menos.

En todo caso, la patria había dejado de ser un concepto exclusivo de la derecha; los rojos también sabíamos amar nuestra casa, nuestras raíces y más aún, ponerlas en común con el resto, aunque fuera con matices: si para la derecha la patria, su España, ha estado asociada a una forma vertical, tradicional, católica y de orden, para la izquierda la cosa consistía sobre todo en que la riqueza se repartiera lo mejor posible para acabar con siglos de miseria, en dejar de tener un rey y en quererse entre iguales, poniendo en valor la diversidad de los territorios. Durante la llamada Guerra Civil, ambos modelos los representaron banderas distintas. Por eso una bandera es mucho más que un trapo y, por eso, a algunos nos cuesta mucho resignificar la que no lleva el color morado.

Pero hoy es hoy y esto no va de contar batallitas o al menos vamos a rescatarlas lo justo. Hoy (casi) todos pensamos que es mejor estar juntos que separados, que nos apetece llevarnos bien. Pero, ¿cómo?

La derecha de toda la vida lo tiene fácil: le basta con no cambiar nada y aguantar, tapar una corrupción que justifica siempre mirando para otro lado, animar a la Selección ensalzando los deportes y negar que haya más nación que la suya; no la española, que también, sino su propia forma de concebir una España de ricos y pobres. La extrema derecha, aunque intente reinventarse a ratos, a duras penas consigue camuflarse entre cánticos futboleros, identitarismo europeísta, un falso laicismo, odas al esforzado trabajador y horas de gimnasio; eso sí, algo nos dice que su discurso facilón está calando. Hay otra nueva extrema derecha más sutil, liberal, que igual no sabe que lo es o no quiere reconocerlo porque, en términos de rentabilidad, no le sale a cuenta: son jóvenes, guapos, ambiciosos y conciben la patria como una empresa, además de tener una irresistible tentación por limar todo lo posible lo público. Y luego está la izquierda moderada y sensata que de tanto asumir el papel de capataz ha terminado por defender a las mil maravillas el discurso de los poderosos; en este caso, su parte más honesta y progresista sostiene que hay que reformar la Constitución, la norma básica patria desde 1978, pero lo dice con la boca pequeña y dios sabe si lo dice de veras.

Queda otro discurso en la izquierda, en los de abajo o como diantre se quiera llamar al contrapoder que está decidido a cambiar las cosas y construir un mundo más justo empezando, precisamente, por este país de países. Es el de quienes defendemos una patria, sí, una patria llena de sentido: una comunidad de gentes, pueblos y anhelos de vida digna, de derechos básicos garantizados para todos y de justicia social. Una España, en definitiva, honrada, trabajadora, diversa y republicana.

19 noviembre, 2017

Autor/Autora

Periodista y licenciado en Historia.


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