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La Expo del agua que dejó deuda y cemento

Zaragoza constata, una década después de renovarse en claroscuro, la inexistencia de un plan de futuro en 2008 mientras aflora una realidad de despilfarro y ausencia de soluciones que sigue engullendo dinero público
| 14 junio, 2018 17.06
  • Recinto de la Expo 2008 en la actualidad. Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)
  • La Torre del Agua, el edificio más alto de Aragón, se halla sin uso a día de hoy. Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)
  • El Pabellón España, propiedad del Estado, está sin uso. Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)
  • Recinto de la Expo 2008 en la actualidad. Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)
  • El Pabellón Puente sigue cerrado. Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)
  • Recinto de la Expo 2008 en la actualidad. Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)
  • Recinto de la Expo 2008 en la actualidad. Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)
  • El telesilla no se volvió a emplear. Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)
  • Recinto de la Expo 2008 en la actualidad. Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)

La Exposición Internacional de 2008 giró oficialmente en torno al agua y tuvo efectos beneficiosos, como lograr que Zaragoza girara la vista a un río al que solo miraba cuando rugía en las crecidas. Sin embargo, como ocurre con cualquier evento de esa magnitud en el área mediterránea, y como queda patente cuando se cumple una década de su celebración, su legado más visible no es de agua sino de cemento: el que sirvió para cerrar la Z-40, el del azud que empantana el Ebro, el que generó una deuda multimillonaria en las arcas municipales y autonómicas, el que causa perplejidad cuando se le ve con la forma de costosos edificios sin uso como el pabellón puente o la Torre del Agua o el que conforma los enormes espacios sin uso de Ranillas.

¿Cuánto costó la Expo?

Redondeando, 1.200 millones de euros: 700 para construir el complejo del meandro de Ranillas, pagados en un 70% por Madrid con el resto a medias entre el Gobierno de Aragón y el Ayuntamiento de Zaragoza, y otros 500 para el llamado Plan de Acompañamiento, que incluyó obras como la recuperación de las riberas del Ebro y el Gállego, el acondicionamiento de la baqueta del Canal Imperial y la construcción del Puente del Tercer Milenio o de la Pasarela del Voluntariado.

El hecho de que las facturas de aquellos años estén pagadas no significa que no quede nada por saldar. La deuda municipal se duplicó entre 2005 y 2008, cuando pasó de 341 a 690 millones de euros. De los 303 millones en créditos contratados en ese periodo, en algunos casos con intereses del 4,97% a 30 años (sí, para devolver lo prestado más préstamo y medio), quedan más de 200 por devolver.

El impacto fue similar en las cuentas autonómicas, en las que la deuda creció en esos años 364 millones al pasar de 1.153 a 1.517. El 2008, con un aumento de 352, marcó el inicio de un desmesurado crecimiento que a finales del año pasado marcaba una cota de 7.959 en la que la cuota de la Expo no supone ni siquiera el 4,5%.

El Estado, por su parte, tardó apenas dos años en desentenderse de la Expo: endosó sus edificios, salvo el Pabellón de España, que sigue sin uso, al Gobierno de Aragón en un acuerdo de compensación.

¿Y qué hay hoy en Ranillas?

Los edificios del meandro, urbanizado para acoger la exposición internacional, acogen la Ciudad de la Justicia y las sedes de la Consejería de Educación y de varias entidades públicas. También se han ido instalando empresas privadas. Sin embargo, la ocupación del complejo es escasa, y costosa para las arcas públicas: la prueba del nueve de que no había plan B para la Expo ni plan A para la postExpo. Nadie los tenía. Y esa ausencia alcanza magnitudes de pozo sin fondo.

Un informe de la Cámara de Cuentas advierte que la empresa pública que gestiona el complejo, Zaragoza Expo Empresarial, propiedad al 97,9% del Gobierno de Aragón, se encuentra al borde de la insolvencia tras un primer rescate de 113,9 millones de deuda. Sus pérdidas superan los 104 millones. Principalmente, porque no logra alquilar ni vender casi la mitad del espacio que hay en esos edificios (hay libres más de 80.000 metros de 178.000), que poco a poco se van deteriorando y devaluando; concretamente, de 286 a 165 millones en siete años. Y, también, porque el accionista mayoritario es al mismo tiempo el principal cliente al generar el 90% de los ingresos.

¿Qué fue de sus edificios emblemáticos?

El Telesilla construido para la Expo 2008. Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)

El telesilla construido para la Expo 2008. Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)

Siguen como emblemas. Nunca superaron esa categoría para convertirse en centro de exposiciones, como se preveía para el Pabellón Puente diseñado por Zaha Hadid, ni para acoger un centro sobre cambio climático, que era lo previsto para el Pabellón de España. Tampoco se supo qué hacer con el de Aragón ni con la Torre del Agua, cuyo interior tuvo que ser remendado por la empresa que lo alquiló para grabar un spot, mientras el telesilla que cruzaba el Ebro lleva camino de convertirse en un paradigma del despilfarro: “Gasto excesivo y superfluo”; es decir, “no necesario, que está de más”.

El consejero de Presidencia del Gobierno de Aragón, Vicente Guillén, admite en una reciente respuesta parlamentaria las dificultades para dar uso a alguno de esos edificios. En el caso del Pabellón de Aragón, por cuya explotación se ha interesado un hostelero, existe “una planta intermedia de 11 metros de altura que la hace inviable para muchos usos”. Para la Torre del Agua, en manos de la empresa pública, y para el Pabellón Puente, “que gestiona Ibercaja”, no hay previsiones a corto plazo.

¿Qué pasó con los ríos?

La urbanización del meandro de Ranillas mejoró la defensa de Zaragoza ante las crecidas del Ebro, aunque a costa de un estrechamiento del cauce natural que perjudica a algunos pueblos situados aguas arriba al reducir su capacidad de desagüe. Eso provoca un efecto embudo que aumenta el empantanamiento (y satura el drenaje) de tierras en la Ribera Alta, como ha ocurrido en las últimas avenidas.

La contrapartida positiva estuvo en la mejora de las riberas del Ebro y el Gállego (el Huerva quedó al margen al discurrir soterrado por la ciudad), que pasaron a convertirse en paseos ciudadanos, como ocurrió también con las banquetas del Canal Imperial.

“El corredor urbano del Ebro constituye ya la espina integradora de la ciudad histórica en la margen derecha y los nuevos barrios de la margen izquierda, de modo que el río se ha convertido en lugar de confluencia entre las diferentes fuerzas urbanas que han acabado convirtiendo lo que fue un cauce-barrera en lugar de encuentro”, señala Francisco Pellicer, experto en ordenación territorial y profesor de la Universidad de Zaragoza.

La intervención, que comenzó a perfilarse en 1996, se centró en los nueve kilómetros del Ebro que van del puente oeste de la Z-40 en Ranillas a la desembocadura del Gállego, además de en una parte del tramo final de este afluente y supuso una inversión de más de 200 millones de euros. Se basó en dos claves: aprovechar la Expo “como oportunidad excepcional para afrontar, en un corto período de tiempo, las actuaciones urbanas” y primar “la satisfacción funcional de las necesidades sobre las expectativas publicitarias vinculadas a un gran evento efímero”.

¿Hubo otras obras?

La Expo tuvo un punto desarrollista al impulsar proyectos inacabados, como el cierre del cuarto cinturón o Z-40; algunos que surgieron sobre la marcha, como la ampliación de la terminal del aeropuerto o la pasarela del Voluntariado, y otros que pocos años antes nadie esperaba que pasaran del papel al ladrillo, como el puente del Tercer Milenio, que 41 años después ofrecía una vía alternativa al de Santiago para enlazar el Actur con La Almozara y Delicias, barrios en los que reside un tercio de los vecinos de la ciudad.

¿Y el azud de Vadorrey?

El azud. Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)

El azud. Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)

El llamado azud de Lorenzo Pardo es, quizás y en una ciudad en la que polemizar sobre materias urbanísticas tiene rango de folclore por las disparatadas iniciativas que los señores del ladrillo y el poder de turno van planteando, uno de los objetos más conflictivos del lugar.

Consistió en ubicar poco antes de la desembocadura del Gállego una pared transversal de 2,67 metros de altura que iba a contar con una minicentral hidroeléctrica de la que nunca más se supo y que embalsa ocho kilómetros de un río cuyo caudal ha oscilado en la última década entre el mínimo de seguridad ambiental de 30.000 litros por segundo y los más de 2,6 millones de la crecida de 2015.

El objetivo declarado del azud era aumentar la navegabilidad del tramo urbano del río para potenciar su uso recreativo (deporte y turismo), aunque la realidad puso en entredicho el acierto de esos planes: el ayuntamiento se gastó 488.927 euros de 2009 a 2015 en acondicionar el río; principalmente, para que pudieran navegar por él unos barquitos turísticos que usaron 70.391 personas hasta que el consistorio rescindió el contrato.

Mientras tanto, sigue abierto el debate sobre si el azud, que nunca fue bien visto desde la Confederación Hidrográfica del Ebro ni desde el movimiento ecologista, debe seguir empantanando la ribera o ha de ser derruido para liberar el cauce.

¿Cuál fue el legado de la Expo?

El inmaterial, el relacionado con el conocimiento y la gestión del agua, “se quedó en un cajón y lo asumo como fracaso”, llegó a decir Roque Gistau, presidente de Expoagua, la empresa pública que gestionó la muestra. Se refería a la Tribuna del Agua, el foro que, según se decía en las vísperas, debía haber convertido a la capital aragonesa en uno de los referentes mundiales de esa materia.

El material, más allá de deudas, dificultades de gestión y mejoras en la ciudad, lo que incluye edificios como el Palacio de Congresos o el acuario e iniciativas como el sistema de bicicletas de alquiler Bizi Zaragoza, tiene una clamorosa carencia estrechamente vinculada con el inmaterial: la ONU desmanteló y se llevó la Oficina de la Década del Agua tras soportar durante más de un lustro los impagos del Gobierno de Aragón.

¿Se cumplió el programa?

A medias. La Expo llegó en pleno estallido de la burbuja inmobiliaria, cuya explosión se llevó por delante sueños, como la ciudad del millón de habitantes del alcalde Belloch, y frustró proyectos ‘ladrilleros’ como la expansión urbanística de la ciudad por Arcosur o la puesta en marcha del Barrio del AVE con su Milla Digital.

¿Y qué había previsto para después?

Nada. O Inercias. O humo. Lo único que llegó a anunciarse oficialmente como el siguiente hito fue Gran Scala, aquella ridícula patraña en la que un grupo de aventureros iba a montar más de 30 casinos, 70 hoteles y media docena de parques de atracciones en Los Monegros.

Entonces, ¿hay algo que celebrar por el décimo aniversario?

Eso, obviamente, depende de cada uno. El Gobierno de Aragón prevé “un calendario de actividades” conmemorativas hasta el 14 de septiembre, que comenzarán este jueves con una gala en el Palacio de Congresos con un millar de invitados, mientras la Asociación Legado Expo instalará la exposición “Legado de Futuro” en el acuario, del 14 de junio al 14 de septiembre, además de organizar charlas, mesas redondas y talleres. ¿Esto es todo, amigos?

Fotos de la galería de portada de Pablo Ibáñez (AraInfo).

14 junio, 2018

Autor/Autora

Periodista. @e_bayona


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