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Kiko Amat: “No quería ni romantizar la locura ni hacerla un melodrama”

En ‘Antes del Huracán’ Amat se sale del cliché de escritor pop, aleja del texto sus neuras y sus querencias, y nos lleva al Sant Boi que le vio crecer en una novela en la que dibuja los límites de la locura sin dejar de lado el humor
| 20 mayo, 2018 07.05
Kiko Amat: “No quería ni romantizar la locura ni hacerla un melodrama”
Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)

Para esta novela has elegido un contenido complejo, como es adentrarse en los terrenos de la locura ¿Cómo llega Kiko Amat a este tema?

Aunque Antes del huracán (Anagrama, 2018) no es un libro vivencial ni autobiográfico hay unas cuantas cosas que por osmosis fueron entrando en mi organismo y una de ellas es haber crecido en un pueblo que tenía el hospital psiquiátrico más grande de Cataluña, y en consecuencia, estar en contacto diario con enfermos mentales. Con locos. No solo de niño, porque mi madre era auxiliar del centro y a veces, con intenciones pedagógicas incomprensibles e insolventes me obligaba a acompañarla para que viera donde trabajaba, causándome un trauma que me duraría meses, porque ver a locos es traumático… Luego durante la adolescencia estaban con nosotros en bares y tal y a ratos uno no distinguía muy bien quienes eran los dementes, si nosotros o ellos.

La presencia constante de la locura la he vivido desde siempre y al escribir esta novela no quería ni romantizarla ni hacerla un melodrama. Quería que fuera una cosa a ratos esperpéntica, como es el Huracán, y que fuera cómica, porque los delirios coherentes de algunos locos son increíblemente cómicos. También quería que la parte dura, o la parte trágica de la infancia, donde ya brotan las diferentes locuras de los miembros de la familia fuera lo más parecida posible a lo que vi y que no fuera una visión heroizada o épica de la locura, del loco genial que solo dice máximas y apotegmas alucinantes y que sabe más que los cuerdos. Quería que fuera lo que es, un descenso al infierno, de mirada vacía y delirio terrible.

Haces también una reflexión entre la normalidad y la anormalidad. ¿Dónde está la línea que separa ambos conceptos?

La  normalidad es estadística pura. En lo único que está basada es en superioridad numérica. Los comportamientos que vemos, yo que sé, en los forofos del fútbol, solo entran en el marco de lo aceptable porque son millones de personas, pero si hicieran las cosas que hacen y fueran dos, por supuesto sería un comportamiento extravagante y anormal. Anómalo desde todos los puntos de vista. Por tanto, la normalidad no está nada claro qué es.

La diferencia con otros libros es que yo quería hablar de anormalidad, y de no encajar, y de no ser capaz de entrar en los ritos sociales, y de adecuarte a lo que se presupone que es el comportamiento normal. En anteriores libros lo había propuesto como una batalla bélica o como un canto de guerra a la anormalidad. En Rompepistas yo quería intencionadamente hacer un canto a la anormalidad en contraposición a los normales, hacer del defecto virtud, tal y como pensaba cuando era adolescente. Como quería que el protagonista pensará como yo lo hacía de adolescente le di esa voz, no maniquea, pero sí claramente partisana. En este libro quería hacer todo lo contrario. Me había quedado con las ganas de hacer un libro que dejara mucho espacio para decidir de qué lado estabas. En Rompepistas yo le daba muy claro a la gente con quien tenías que estar: tenías que estar con la panda de mi protagonista y con los skins. Estaba claro que estos eran los buenos, en teoría. En este libro nada de esto está tan claro y el paso difícil es el de la confesión, decir que en realidad la anormalidad es un estorbo, es dañina, es dolorosa… ser anormal, aunque no lo seas de un modo extremo, no encajar, y sentir siempre que estás alejado del resto de los humanos lo que genera es tristeza y una sensación de alienación y de separación. Antes del huracán una de las claves que resuelve es acertar a decir algo que yo no había dicho aún, esta rareza no es nada guay, no es cool, es simplemente ser raro. Lo que pasa es que con los años te construyes un escudo bélico para hacer de esa rareza algo que sea encomiable o poético, pero en realidad no lo es, son básicamente freaks bordeando el asperger que no pueden relacionarse con el resto de la gente.

Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)

Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)

Empiezas la novela con una frase: “Me he inventado todo esto”. ¿Te lo has inventado todo?

En parte me lo he inventado, pero también fue una reflexión al darme cuenta que a veces los autores magnificamos, yo en concreto, el valor vivencial de nuestras obras. Por ejemplo, en Rompepistas había una verdad emocional que compartía con mi adolescencia y la sensación de pertenecer a una pandilla. Pero la historia era inventada, compartía unas verdades emocionales, pero ninguno de esos fulanos era nadie en concreto, el protagonista tampoco era yo, su familia no era la mía… habían puntos de conexión, pero no era vivencial.

En Antes del huracán lo único que he hecho es aceptar que los autores mentimos, inventamos, y que la maquinaria y la técnica, a la hora de escribir, es fabulación pura. A veces se te filtran cosas de verdad subconsciente, porque de eso trata la ficción y la escritura, pero en general estás mintiendo. Antes del huracán no tiene ni más, ni menos verdad que obras que yo dije que eran superautobiográficas y en realidad no lo eran. Podía haberlo dejado como estaba, y pretender que cosas del libro eran verdad, pero no, creo que la posición que he adoptado es casi deontológica, aceptar que en realidad lo que hacemos es fabular.

En otros libros se compartían ciertas verdades emocionales y en este hay otras también. El anecdotario del frenopático sí que está sacado de mi infancia, algunos comportamientos del brote psicótico sí que los he presenciado con estos ojos que se comerán los gusanos, pero ya está. Todo lo demás es una gran mentira.

Entonces, ¿escribir ficción conlleva ser un gran mentiroso?

Claro. La ficción te sirve como un vehículo para exponer ciertas verdades. Pero no somos memoristas. Ni siquiera los memoristas cuentan la verdad. Si el género que por antonomasia es el que debería estar contando la verdad, es mayormente imparcial e incierto, y desde luego nada veraz ni verificable, imagínate entrar en novela. Antes del huracán se lo han leído muchos amigos y gente de mi pueblo y nadie me ha venido a decir “esta es tu familia” o “este soy yo”, nadie ve esa relación. La gente ve una especie de verdad emocional superior que es la de “esto en general se parece a un cierto ambiente”, y mucha gente empatiza, evidentemente, con las familias desestructuradas. Pero eso no quiere decir que sea la mía, lo que quiero decir es que he tocado una fibra que comparte mucha gente, generacionalmente, que es un mundo violento y hostil, como son los setenta y ochenta, en familias en plena fractura.

Como se ha aceptado la salida de ese encasillamiento de escritor pop, sobre todo viniendo de un recopilatorio de piezas como Chap Chap, donde te desnudaste, casi literalmente.

No presto mucha atención a la crítica pero sí que presto atención a mis lectores y, aunque hace solo un mes y medio que ha salido, la percepción inmediata y la reacción de todo el mundo era: “esto es otra cosa”. Y claramente es otra cosa. Es otra cosa en cuanto a estilo, en cuanto a técnica, en cuanto a ambición. En cuanto al foco que yo quería abarcar, que es muchísimo mayor, y en cuanto al lenguaje también, en cuanto a haber perdido los tics y la inercia pop… se ha dado cuenta toda la gente que me lee. La gente no se ha atrevido a decirlo aún, exceptuando casos muy concretos, o no se ha dado cuenta de que era un estorbo. Hacía gracia, pero a veces era como poner la zancadilla al lector con universo pop, o honomatopeyística, o con excitaciones e histerias varias a lo Tom Wolfe. Esto había envejecido mucho en mis manos y no me servía para nada. Era como si tuviera herramientas de niño, de repente quisiera construir una historia mucho mayor y solo tuviera martillitos de juguete. Tuve que desechar todo esto.

Yo personalmente me he reído histriónicamente con tus primeras novelas y Antes del Huracán también me dibuja una sonrisa. Hay un humor más británico, más socarrón. ¿De quién has bebido? ¿Sólo de ese humor inglés?

Esto depende del tipo de sensibilidad que cada uno tenga. A mí el humor británico de Wodehouse me hace carcajear. El gusto no es universal y cada uno se ríe por determinadas cosas. Creo que en la parte de la infancia –en referencia a los tiempos que se alternan en  Antes del huracán– sí que el humor está como más camuflado, y desde luego, como es tan dura y tan atroces los sufrimientos del protagonista, y tan claustrofóbica la relación familiar y las cosas que le pasan, la parte de locura de los miembros de la familia… entonces los momentos de humor tienen que ser más finos, porque no podían ser grotescos, no podían ser de astracanada. En cambio donde sí que tiro la astracanada es en la parte del manicomio moderna, ahí sí que las bromas que se hacen son algo más burdas. Lo que pasa es que se nota menos porque hablan con un lenguaje recargado, y voluntariamente pretencioso, el de un mayordomo con su caballerete. Parece como más sublime, pero en general lo que están diciendo son paridas, paridas de primer orden. Creo que es el estilo, que engaña un poco, porque las bromas son bastante tremebundas.

Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)

Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)

Abandonas ese lenguaje pop, pero permanece el sempiterno extrarradio, Sant Boi. Siempre he tenido la sensación de que quien es de fuera y aparece en un extrarradio, en un barrio, está de paso, y los que nos vamos tras haber crecido allí, siempre volvemos, como si hubiéramos dejado un ancla.

De mi comarca se dice que es la comarca por la que todo el mundo pasa pero nadie se queda. Tiene esa fama. Entre mis amigos ha habido una diáspora casi como la del pueblo judío. De mis amigos de verdad, solo vive en el pueblo un cinco por ciento. Todo el mundo se fue. En el Baix Llobregat somos un poco como irlandeses, se entiende que te pires, nadie se echa las manos a la cabeza. No es como si te fueras de una arcadia sublime y bellísima, y no hablo de belleza física o pintoresca, sino que es un mundo del que tiendes a irte.

Lo que pasa es que, como tú mismo dices, nunca te vas de estos sitios, permanece contigo y aunque tu vida haya cambiado radicalmente, como la mía, las magulladuras y las muescas son todas de la infancia, adolescencia y primera juventud, donde aún estaba allí. Todo lo remarcable, lo que me dejó huella, lo que me traumatizó espantosamente o todo lo que me importa y modificó mi visión del mundo pertenece en su enorme mayoría a esos años y a ese sitio. Aparte, es el único sitio del mundo que conozco tan íntimamente.

Barcelona nunca será mi ciudad. Me encanta, me encanta criar a mis hijos allí, pero podría ser como un camping, es un sitio que simplemente es confortable y plácido para mí y agradable a la vista, pero no reverbera en mi interior de ninguna manera particular. Y lo mismo cuando vivía en Inglaterra. Tengo una querencia muy grande y viví mucho tiempo allí, y sí que me pone mariposas en el estómago, pero mis historias más bestias no me pasaron allí. Me pasaron en Sant Boi y en la adolescencia.

He vuelto dando un rodeo. A veces somos un poco zopencos, incluso los autores y no nos damos cuenta de dónde viene tu poder. Es complicado. Tienes que tropezar varias veces para darte cuenta de que la fuente de energía primordial que guía tu obra es una, no son varias. Es este mundo que yo viví de niño, esta clase social y esta época además. El extrarradio de 2015 sólo acarrea ecos fantasmales y distantes de lo que yo vi. Se parece poco al mundo que viví.

Todos esos factores han hecho que Antes del huracán sea el libro potente que es. Porque yo estaba allí. Cuando empiezo a escribir me acuerdo de cada adoquín, de cada olor y todo esto elevó el Huracán a otro plano que no tenían otras novelas anteriores, situadas en Barcelona por ejemplo. Faltaba el espíritu. Los personajes estaban vivos pero… Mi segunda novela, Cosas que hacen Bum, que me gusta y la encuentro muy divertida, adolece de que está como en un guiñol que, para mí, que lo veo desde dentro, es un guiñol que claramente monté para que mis personajes corrieran por algún sitio y no estuvieran en el éter, pero en realidad no existe lo que sucede en el Huracán, donde realmente se cumple el viejo cliché de que “la ciudad es un personaje”. Está en todas partes, en cada puta pared, en los olores, en las espiguillas, el paisaje tirando a inmundo que le rodea… marca como es todo el mundo y esto solo puede hacerse conociéndolo íntimamente.

Hablas de los escritores autodidactas. A mí me marcó leer a Edward Bunker y su La educación de un ladrón y me despertó el gusto por escribir ficción. Tú nombras a Eduard Limonov entre otros, pero ¿quién fue el que te impulsó a escribir?

He cambiado el panteón porque me he hecho mayor. Hay una diferencia entre los primeros libros que lees y te encantan y el primer libro que lees y te dices “yo puedo hacer esto”. Tiene que haber un arco de crecimiento en tu vida.

De los primeros libros que leí fue de John Wyndham, El día de los trífidos, y cosas así. Pero esto es tu infancia y adolescencia. Cuando leí los primeros autores pop, a Nik Cohn, Colin MacInnes a Kurt Vonnegut y gente así, aún no me había planteado escribir ficción. Eran libros que me encantaban, que me parecían la pera, eran ultradivertidos, simples y musicales. Tenían todo lo que me gustaba. John Fante también y Bukowski. A todo el mundo de mi época le gustaba Bukowski, y con razón, no está todo guay pero lo que lees te impacta mucho a los 17.

Cuando me hice mayor leí a Richard Brautigan y dije “hostia, esto se puede hacer”. Era el capitulaje corto, el punto y aparte, la voz infantil sobre todo. Era una voz infantil como la de Kurt Vonnegut, como afable, entrañable y excéntrica. Me dije este es el patrón. Yo aprendí con Brautigan. Mi primera novela es igual que Pregúntale al polvo de John Fante. Casi igual que Un detective en Babilonia de Brautigan. Casi igual no, porque esta tenía una trama de novela negra que la mía no tenía, pero es claramente el modelo a seguir. Me sonroja un poco haber querido imitar a mis héroes pero es lo natural en los primeros discos y en los primeros libros, que estés fijándote claremente en alguien.

Abandonamos un poco la literatura pero volvemos a Sant Boi. ¿Cómo vives el auge de Ciudadanos y el cambio de color del cinturón de rojo a naranja?

Mucha gente está comprando libros que explican qué ha pasado en el sur de los Estados Unidos y porqué todo el voto Trump viene del Midwest, del sur, de las clases obreras, incluso del lumpen. Creo que aquí ha pasado lo mismo. Un constante desengaño con las élites y con las mentiras del Partido Socialista. Las traiciones a la clase obrera han hecho que ésta haya dejado de creer en cualquier promesa de los partidos de centro-izquierda y se haya decantado por una opción populista demencial, antisocial y anti-clase obrera, que me llena de perplejidad, pero entiendo el movimiento de revuelta. Entiendo que en el medio oeste americano lo que hicieron no fue votar a Trump, lo que hicieron fue mandar a la mierda a Hillary Clinton, por pija, y a la gente de clase media y alta que les despreciaba. Este desquite y esta rabia la entiendo muy bien. Pero esta ansia de mandar a la mierda a alguien a veces se transforma, como pasó en la Alemania después de la república de Weimar, en votar a cosas que son tus enemigas directas. Porque Ciudadanos es claramente un partido, enmascarado de populismo, cuyas leyes son anti-sindicatos, anti-clase obrera, en beneficio de las empresas… hay una situación paradójica, pero para nada novedosa. Ha pasado mil veces a lo largo de la Historia. Yo que leo mucho de la Alemania de los años 30 y salvando las enormes diferencias, el gesto se parece muchísimo. Un gesto de clase media aterrorizada y de clase obrera traicionada que de golpe vota a una cosa reluciente, nueva y que parece que es moderna, igual que los nacionalsocialistas, pero que seguro que les dará por el saco y les traicionará de una forma más abyecta que el Partido Socialista. Lo veo con tristeza, pero eso no quiere decir que no lo entienda, lo entiendo perfectamente.

Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)

Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)

Con este panorama, tú que la reivindicas habitualmente, ¿crees que estamos a tiempo de recuperar el sentimiento de clase obrera?

La clase obrera ha cambiado, el tejido social también, y las relaciones que se tenían en los barrios también han cambiado. La inmigración también ha cambiado todo esto. Pero yo creo que sí. En Inglaterra han hecho muchas cosas mal, pero veo lo que pasa allí, sesenta años después de las grandes olas de inmigración jamaicana o antillana, y en cierto modo me da razones para el optimismo. Porque sí que se forjó una alianza entre inmigración y clase obrera que era bastante chula. También porque compartían la querencia por el bar y el baile. No sé si todas las inmigraciones funcionan igual.

Me pillas que ayer hablé con un tío muy optimista, Andrew Keen, autor de Internet no es la respuesta. Yo tenía un día así como fúnebre y apocalíptico y el tío me animó, no sé. Ahora me coges  en un momento en el que creo que sí, que determinados paradigmas tienen que cambiar, es imperativo que cambien, y se desgastarán por su propia inercia. Hay ciertos engaños que no se pueden perpetuar, lo digital es uno, por ejemplo, pero viene a cuento de que otras cosas nuevas que parece que funcionan te das cuenta que no funcionan. El capitalismo 2.0 engañó un poco al principio porque parecía que no ensuciaba y que internet liberaba a todo el mundo, pero cada vez más gente se da cuenta que no es así, es aún más cruel que el capitalismo fordiano o keynesiano.

Hablabas de la querencia de la clase obrera británica por el bar y por la música. Tú eres aficionado a ambos.

Ya no tanto. Soy muy doméstico, que es algo que no tienen la mayoría de mis amigos. Siempre me han encantado los bares, pero me gusta el hogar y siempre me ha gustado, desde que era niño. Me gusta la fortaleza, me gustaba mucho estar en mi habitación. Con lo cual los cantos de sirena del bar nunca me han atrapado del todo, porque siempre hay un momento que me quiero ir y quiero regresar a mi habitación. Me comparo con mi círculo íntimo y mis amigos de toda la vida y no soy para nada tan de bar, yo soy el que se va, estoy mucho rato allí, pero soy el que se va y ellos se quedan.

En la música hice como una limpieza feng shui y me desanclé de muchas cosas que llevaba tiempo arrastrando. Ahora solo tengo mil discos, pero mis mil discos favoritos. Las cosas que me gustan son las de toda la vida, me sigue gustando exactamente lo mismo, no he evolucionado ni una pizca. Me sigue gustado el punk-rock, oi!, 2Tone, pop de los 60, rollo mod de los 60, pero cada vez con menos predominio de lo negro, no sé por qué. Me emociona mucho más todo lo de los 80 que lo de los 60.

En Antes del huracán es el primer momento de mi vida en el que aprendí a separar universo personal y obra. Las cosas que me gustan, mi personalidad, mis querencias y mis fobias las quise separar del texto por completo. No estoy allí. La tentación de hacerlo era grande, pero vencer la tentación es muy satisfactorio. El libro está ambientado en 1982, como mínimo punk podía haber metido, podía haber metido a La Banda Trapera del Río, pero hubiera sido mendaz y caer en errores antiguos que no vienen a cuento. Este libro no va de eso, va de lo que se oía en mi casa, en las casas de la gente en 1982 que era Mike Oldfield, Alan Parsons, mierda horrible de música melódica italiana…

En un principio Antes del huracán sólo iba a estar ambientado en el manicomio. ¿Volviste a la infancia por esa querencia hacia lo juvenil?

Me di cuenta de que se tenía que explicar el pasado de ese protagonista y cuando nació, el pasado era tristísimo. Con lo cual el libro cambió completamente de tercio y de golpe los porcentajes también cambiaron. Se convirtió en un libro que era 80% oscuro, no diré ni tragicómico, tirando a dramático, pero sin melodrama. Me llegué a plantear quitar la parte del manicomio, porque el peso real y la hondura venían de la infancia. Luego vi que no. Primero, porque me gustaba y luego porque funcionaba como área de descanso para el lector.

¿Este libro supone un antes y un después o volveremos a leer al Kiko Amat más pop?

Creo que no. Me acuerdo de escribir Cosas que hace Bum y ya tener en mente que quería despojarlo de influencias. Lo que pasa es que no me salía. Mi tendencia personal era tan fuerte que dominaba el estilo o la técnica. En Rompepistas aún más, me enfrente a ello racionalmente, pero el propio ambiente pedía que salieran, porque eran punks y skins. Ahora he llegado a un punto en que ya sí. Acabo de demostrar que puedo hacerlo, que estas referencias, estos gustos, puedo separarlos completamente del libro. Es lo que te decía antes, son herramientas que se me quedaron obsoletas.

20 mayo, 2018

Autor/Autora

Redactor. Integrante del Consello d’AraInfo. @maconejos


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