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Francia contra la subida de la gasolina… y de los cócteles molotov

La violencia, los cortes de vías, la protesta generalizada, ha llevado al gobierno francés a recular ante una población que se niega a volver a ser obligada contribuyente y exige redistribución de la riqueza de cara a abordar la transición energética
| 4 diciembre, 2018 18.12
Francia contra la subida de la gasolina… y de los cócteles molotov
Protesta de los chalecos amarillos el pasado fin de semana en París.

Las protestas de los denominados chalecos amarillos han conseguido que el ejecutivo de Emmanuel Macron haya pasado de asegurar que no cedería ante la presión de la calle a afirmar que lo sucedido los últimos días ha demostrado que “los franceses no quieren más impuestos ni cargos. No hay méritos fiscales que pongan en peligro la unidad nacional”.

Este martes, finalmente, el gobierno francés ha suspendido los planes para introducir un impuesto al combustible ecológico después de tres semanas de protestas cada vez más violentas en todo el país. Inclinándose a la presión de la calle, el primer ministro, Édouard Philippe, anunció la congelación inmediata de los precios del gas y la electricidad, aunque advirtió que no se toleraría más violencia.

“Miles de franceses han expresado su enojo”, aseguraba Philippe en un comunicado televisado. “Esta ira ha recorrido un largo camino y a menudo se ha mantenido en silencio. Hoy se expresa con fuerza y ​​de manera colectiva”, para terminar añadiendo que “uno tendría que ser sordo y ciego para no ver u oír esto. Escucho esta ira y he entendido su base, su fuerza y ​​su seriedad. Es la ira de los franceses que trabajan y trabajan duro, pero que todavía tienen dificultades para llegar a fin de mes”.

Así, según ha anticipado Philippe, las dos medidas que iban a ser introducidas a principios del 2019, el aumento del precio de los combustibles y las nuevas normas más estrictas sobre el control de vehículos, quedan suspendidas hasta dentro de seis meses. Plazo en el que, según ha prometido, se estudiarán medidas para ayudar a quienes trabajan lejos de casa y cambios en el sistema impositivo.

La lucha como clave

La falta de comprensión del movimiento de los chalecos amarillos por parte de analistas, periodistas y políticos ha sido una de las principales cuestiones llamativas de esta oleada de manifestaciones.

Incluso la siempre beligerante izquierda sindical francesa tardó en manifestarse. La medida de la subida a los carburantes tenía ese maquillaje ecológico, y si a esto le sumas que Marine Le Pen fuera la primera política en mostrarse en contra de la misma, propició el retraso en la participación de formaciones de izquierdas en las movilizaciones y en manifestar su postura.

Tal y como contaba un militante libertario en un texto publicado en Kaos en la Red, el primero fue el medio de izquierda Paris-Luttes dos días antes de la manifestación del 17 de noviembre, quien llamaba, en un ejercicio de ironía, a salir a la calle en contra del aumento del precio del cóctel molotov, un sarcasmo que hemos aprovechado para incluir en nuestro titular.

Probablemente la transversalidad y el anonimato en las convocatorias hayan llevado a unas manifestaciones que no han dudado en usar la autodefensa contra las fuerzas de seguridad francesas. Barricadas, cortes de vías, piedras, cócteles molotov y combates con la policía han sido protagonistas durante las jornadas de protesta.

Articular las reclamaciones

Tras el aplazamiento de seis meses por parte del gobierno de Macron ahora toca articular cuales pueden ser las reivindicaciones básicas que se deben incluir en esa ronda de estudio de medidas que ha anunciado Édouard Phillipe.

Para finales de noviembre los chalecos amarillos hicieron pública una propuesta de 42 puntos directamente relacionada con la sensación que se tiene en toda Francia de que Macron es el presidente de los ricos. Entre esas 42 propuestas estaban la petición de que nadie se viera obligado a vivir en la calle, la subida de impuestos a las multinacionales y la bajada al pequeño comercio, mayor progresividad en el resto de impuestos, subida hasta los 1.300 euros del salario mínimo, ninguna pensión menor de 1.200 euros y ningún sueldo por encima de los 15.000 euros mensuales. Lo cierto es que esto era una revolución que atentaba a la línea de flotación del liberalismo de Macron.

La aceptación de esos 42 puntos supondría un cambio total de la política francesa. Un giro de 180 grados. Conscientes de que muchos de esos puntos no podrán ser aceptados las ocho formaciones de izquierdas que se han unido a las convocatorias de los chalecos amarillos solicitaban con posteridad ocho puntos clave que incluían el aumento de salarios, pensiones, subsidios de desempleo, de coberturas sociales a los más desfavorecidos y lucha contra la evasión y los beneficios fiscales.

Exigen la creación de impuestos a las grandes compañías petroleras y grandes empresas de transporte por carretera y aéreo, a las empresas gestoras de autopistas y especialmente al grupo Total cuyos beneficios en 2017 han crecido un 39%.

También piden gravar los impuestos al queroseno, para impedir que el avión –altamente contaminante- compita deslealmente con el ferrocarril. Exigen suprimir los escandalosos beneficios fiscales al carburante de transporte en carretera con objeto de desarrollar la red ferroviaria. Invertir los recursos de los impuestos a carburantes en el desarrollo de transportes y fuentes de energía ecológicas, con control democrático.

En este sentido piden que se obligue a los constructores de la industria automovilística a fabricar vehículos limpios y seguros, prohibir la producción e importación de vehículos diésel.

Detener el cierre de líneas de cercanías de ferrocarriles – actualmente hay bajo amenaza de cierre 9.000 kilómetros–. Según el movimiento de los chalecos amarillos, ese cierre transforma el mundo rural en un desierto. Invertir masivamente en transportes colectivos de calidad y accesibles a todo el mundo.

Por último, piden que se baje el IVA en todos los productos de primera necesidad.

La revuelta francesa como anticipo a una revuelta global

La movilización de los chalecos amarillos puede ser un anticipo de lo que obligatoriamente tendremos que ver en todo el planeta. La irreversible sustitución de los combustibles fósiles por energías limpias. ¿Pero cómo realizar esta transición? Los chalecos amarillos han defendido en esta primera batalla que se haga de forma equitativa, rompiendo el consenso capitalista y planteando una redistribución de la riqueza.

Pero, ¿Cuánto tiempo nos queda para vivir este tipo de medidas? Hace unos meses hablaba con Marcos Aurell, Catedrático de Ciencias de la Tierra en la Universidad de Zaragoza, y me aseguraba que en cuanto a la producción de petróleo, “estaremos de cinco a diez años en esa meseta, tocando y superando los 100 millones de barriles diarios de producción global, pero habrá un momento en el que bajará, y no lo hará tan suavemente, por desgracia para nosotros”, por lo que auguraba un proceso de “desglobalización” casi obligatorio y la vuelta a economías circulares.

En aquella charla se advertía que en el plazo de 20 a 30 años la caída en la producción de petróleo llegará, por lo que es necesaria una adaptación rápida. Las medidas como la francesa del impuesto a los carburantes, o la recientemente anunciada por el gobierno español, de eliminar los coches diésel en un plazo relativamente corto, tienen como objetivo esa adaptación.

Pero esa adaptación obligará sin duda a un decrecimiento y a la toma de medidas de redistribución de la riqueza, lo que se enfrenta directamente al mantra capitalista sobre el crecimiento ilimitado. De lo contrario, el descontento social llevará a revueltas sociales, en las que nos acaba de iniciar el movimiento de los chalecos amarillos.

4 diciembre, 2018

Autor/Autora

Redactor. Integrante del Consello d’AraInfo. @maconejos


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