Altavoz

Cuentagotas sin paraguas bajo el diluvio universal: aportaciones sobre la censura musical

“Queridos amiguitos, en este mundo todo está bajo control… ¿todo? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste ahora y siempre al invasor con una poción mágica que los hace invencibles: el cerebro” Sí, ya sé que ha llovido desde que la noticia saliera pero siempre merece la pena recordar el comienzo de una de...
| 27 junio, 2018 07.06
Cuentagotas sin paraguas bajo el diluvio universal: aportaciones sobre la censura musical

“Queridos amiguitos, en este mundo todo está bajo control… ¿todo? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste ahora y siempre al invasor con una poción mágica que los hace invencibles: el cerebro”

Sí, ya sé que ha llovido desde que la noticia saliera pero siempre merece la pena recordar el comienzo de una de las canciones más conocidas de “la Polla Records”. Me refiero a ese grupo que en antaño pretendiera cantar libremente -a pesar de que pudiera molestar a extraños y ajenos- y más concretamente a su cantante, el que sigue  dando “un do de pecho” o en su defecto, un si bemol desgarrado. La verdad es que a estas alturas poco importa que Evaristo, el actual cantante del grupo Gatillazo, fuera retenido por la Guardia Civil o simplemente para avisarle de haber cometido un delito que haya podido ser por una canción o por “cagarse” en quien uno no debe en vez de hacerlo en el wáter, como todo hijo de buen vecino debería hacer. La “retención” es una figura “desfigurada” que desde 1993 quedó recogida en la tristemente famosa ley Corcuera, la de la “patada en la puerta”, ese cajón desastre o de sastre, en el cual se incluían todos los comportamientos represivos que van desde una detención -como pretendida retención- hasta un “dejen de protestar”. De ella provendría su revisión aprobada en el 2015 y extensible a todo tipo de “comportamientos sospechosos”. ¿Sospechoso de qué? Buena pregunta. Lo que no se entiende es que esto no ocurriera antes, qué se yo, allá por el 84, cuando era cantante de la “la p. r.” –mejor así, dónde va a parar- y con su formación tuvieran a bien –perdón, quise decir a mal –sacar su primer disco. El grupo venía dando mal desde  1979 y estuvo en activo hasta 2003, siendo considerado –con permiso de Eskorbuto y Cicatriz-  el grupo de punk más importantes de la historia en España. Supongo que no se acordará del nombre de dicho disco pero no se apure, ya estoy aquí yo para recordárselo: “Salve” se llamaba ¡Qué irreverencia, oiga, es algo inaudito! Para colmo de males la portada del disco la protagonizaba un fraile con una cruz en llamas y en cuanto a las letras… mejor no hablar de “las letras”. Si es que ellos mismos se lo buscan ¿Qué se puede esperar del cantante de un grupo cuyo nombre parecía pretender precisamente eso, provocar, como ocurriría en sus aledaños “The Kagas” y “The Meas” y así hasta llegar a “Gatillazo”? ¡Qué desfachatez! ¡Imperdonable! ¡Habrase visto! (…) -y ya termino con las interjecciones que con la excusa de  exorcizar estoy cansándome a mí mismo- algo habría hecho. Si es que nos quejamos por quejarnos. ¡Aquí hay que hacer lo la ley mordaza y el filo de las nuevas tijeras censoras impongan!-pues va a ser que no.

Seamos serios si ya estaba “harto de ser el sospechoso habitual” tal y como preconizaba en alguna de sus canciones, que hubiera dejado de cantar antes. Basta con recordar su sexto álbum, el último de la antigua formación “Los Jubilados” para apreciar su protesta ante la situación del trabajador alentando a la misma con canciones como “Huelga general”, “El obrero” o “Mis riñones”. Imagínese por algún casual que a algún jubilado le da por escuchar estas canciones y les da por seguir protestando. ¡La que se puede liar oiga! Nada, nada, hay que terminar con ellos y toda su música incendiaria. Y ya puestos, ¿por qué detenernos ahí? Eliminemos a todo el rock urbano que poblaba esa época. Empecemos por “Leño”, “Asfalto” o “Topo”, para luego pasar a esos melenudos que solo sabían gritar. El heavy -con Barón Rojo y Obús a la cabeza- que siempre adornada cualquier instituto que se preciara, vetado, al igual que el que fuera denominado Rock Radical Vasco como “Kortatu”. Por no hablar de Soziedad Alkoholika la banda de crossover thrash fundada en Vitoria que cambió su sonido punk aun sonido más pesado, si bien estos últimos ya se han enfrentado más de una vez con el aparato censor, llegando a los tribunales, siendo juzgados y  finalmente absueltos por delito de enaltecimiento del terrorismo. Lo dicho, llueve sobre mojado.

¡Tanta lluvia y yo sin paraguas! En cualquier caso, lo cierto es que las medidas que generalmente  se han propuesto para frenar la difusión de este tipo de música por lo general han acabado por  subvertir la idea originaria y  ayudar a crear condiciones que han permitido su mayor expansión. Ciertamente, a pesar de tener ya más de una cana nostálgica, aunque el punk pudiera ser considerado un  movimiento subversivo en su origen, posteriormente en su gran mayoría este –pese a quien le pese y salvando algunos sellos independientes- fue fagocitado y domesticado por las industrias culturales para acabar siendo vendido como un producto más. Si alguna vez tuvo algo de peligroso, contra el establishment capitalista, en el presente ha pasado, grosso modo, a ser una moda vintage que vender a los adolescentes. Una realidad que en estos capitalistas días no debería extrañar a nadie. Basta con pregunta a un adolescente que lleve una camiseta del Che para percatarse que no tiene ni la más remota idea de a quien lleva “colgado como trofeo”. La mercantilización sin medida se apodera de las imágenes, desvinculándola de su trascendencia para transformarla ya en barba rala y ceño prominente. La voracidad material va de la mano de la frivolidad de los consumidores de reliquias ideológicas que acaban generando un cóctel  corrosivo al personaje histórico difícilmente digerible.

Y mientras algunos andamos intentando sobrevivir a tanto desconcierto, a otros, desde perspectivas reaccionarias y postulados deleznables en aras de una pretendida  libertad, les da por jactarse y preconizar la vuelta de la censura. Pero digo yo, puestos a prohibir hagámoslo bien y ya puestos acabemos con toda radio libre que puedan hacerse eco de semejantes canciones –y me consta que por estas tierras, desde la topera hasta la granja, hay unas pocas- y con todo medio lo suficientemente independiente como para recoger un artículo como este. Obsérvese los adjetivos que tienden a acompañar a dichos medios, que si “libre”, “independiente”… ¿pero cómo no van a molestas? ¿Qué quieren poner lo que les apetezca?, allá ellos, todos y todas prohibidas. ¿Qué se habrán creído? Qué ya no estamos en tiempos de la transición, cuando con una democracia “todavía en pañales” se temía ejercer la censura no fuera a ser que a alguien le diera por evocar tiempos no tan remotos. Ahora, con una demagogia, digo democracia, “viento en popa y a toda vela” se puede obligar a todo hijo de vecino a comportarse “como Dios manda”. Nada, nada, que supliquen clemencia. Qué sé yo, quizá un simple: “lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir”. ¡Vaya! Se me han ido las manos por el teclado como si de repente tuvieran conciencia. Espero que nadie entienda el más mínimo atisbo de ironía en estas últimas líneas, no vaya a ser que puedan molestar al -siempre loado- censor de turno y uno acabe… mejor no pensarlo.

En fin, ya lo he dicho y no me cansaré de repetirlo aún a riesgo de que pueda llamarme cuentagotas: “llueve”, llueve mucho, a cantaros y a chuzos, llueve sobre mojado, y en general, amén… “A menudo llueve”. Pero a pesar de todo, a algunos les da por querer esquivar lluvia, cuando no, por llevar paraguas y mientras la cultura yace ante el volumen de la producción, el goteo constante y el torrente de letras que la atenazan, una canción –aunque sea de un rap de muy cuestionable calidad- un cantante, un disco o un libro, precisamente en su prohibición, dice más sobre nuestra sociedad que todos los no expurgados por la -siempre santa- inquisición. Sí, ya sé que no se ha prohibido la música de Evaristo, que ni siquiera se le ha retenido… ya sé que exagero y a lo sumo, se trata de una gota más… pero el océano ya está repleto, apunto de precipitarse de tanto goteo y ya no hay quien aguante más diluvios. Vivimos en una sociedad sumergida bajo el preocupante triunfo de letras que presumen de violencia patriarcal, pero que nadie se atreva a cuestionar cualquier institución vinculada “al orden”.

Pero qué les voy a contar si “por un pelo de gamba” – o de calvo- no detuvieron al bueno de chiquitorr –que Dios lo tenga en su gloria- por decir “benemeritarr”. Sí, lo sé, el chiste quizá pudiera generar alguna si no fuera porque el tema de la censura no tiene la menor gracia. En cualquier caso han llegado nuevos tiempos… nuevo gobierno, nuevas caras… ¿nuevas censuras? Esperemos que se genere un cambio, por mínimo que sea, capaz de establecer distinciones ontológicas que hasta un niño de cinco años podría deducir: cantar u opinar no equivale a matar. Pero claro, en un mundo de adultos atontados no es fácil ser niño. Tal y como recoge el Código Penal, el delito de amenazas requiere que se den las condiciones previas para cumplirlas. Yo mismo por ejemplo, llevo toda la vida amenazando con hacer desaparecer a las estrellas y nunca ha venido nadie del espacio –ni siquiera el pintamonas de Chewbacca- para advertirme que no haga tal cosa, probablemente conscientes de que las posibilidades de cumplir con mis amenazas son cero o ninguna.

En resumidas cuentas, se equivocan todos aquellos que piensan que con una censura sistemática se acabará con letras antisistema. Ya lo decía el susodicho letrista en una de sus conocidas canciones: “Quieres identificarnos, tienes un problema”.

27 junio, 2018

Autor/Autora

Profesor asociado de la Universidad de Zaragoza (Deparmaneto de Didáctica de Lengua y literatura y ciencias sociales) y profesor de secundaria.


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