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Caminar con pies de plomo

La utilización de la violencia es patrimonio de los Estados, así se razona el uso de la fuerza por parte de los cuerpos de seguridad. De esta forma los excesos quedan escudados tras una cortina que arguye como finalidad el mantenimiento del orden institucional. Esta teoría es aplicada por los gobiernos cuando se trata de...
| 28 agosto, 2017 07.08
Caminar con pies de plomo
Foto: Al Jazeera.

La utilización de la violencia es patrimonio de los Estados, así se razona el uso de la fuerza por parte de los cuerpos de seguridad. De esta forma los excesos quedan escudados tras una cortina que arguye como finalidad el mantenimiento del orden institucional.

Esta teoría es aplicada por los gobiernos cuando se trata de explicar una actuación desproporcionada. Si la Guardia Civil utiliza material antidisturbios para impedir que unos inmigrantes alcancen la playa y la operación da como resultado 15 muertos, no faltará una jueza que califique la actuación de los guardias de proporcionada, aunque tenga que hacer juegos malabares para conseguir encuadrarla en el marco defensivo de la “integridad territorial hispánica acechada por peligrosos invasores”.

Si el cuerpo policial que provoca una masacre interviniendo en la disolución de una manifestación pertenece a un país del entorno amigo, el resultado estará justificado por la peligrosa deriva que tenían los subversivos manifestantes radicales.

Por el contrario cuando el gobierno del país en cuestión parece inadecuado o adverso -Venezuela– el uso que desde el poder se haga de la fuerza será puesto en entredicho. De esta manera tan sencilla serán otorgados los privilegios de la violencia a los opositores. Es decir tendrán consideración legal para violentar.

Aquí nos encontramos con aquello de… “Todo es según el color del cristal con que se mira”.

Si un país -España por ejemplo- colabora en la destrucción de otro –Irak– las secuelas (más de 150.000 muertos directos y cerca de 3.500.000 de desplazados) se justificarán achacándolas al resultado de una guerra justa, a los daños colaterales y a las pérdidas accidentales.

Se han intentado muchas definiciones de guerra y la verdad sea dicha no son necesarias tantas.

“La guerra es la imposición de la voluntad de un competidor sobre la del adversario por medio de la fuerza”.

Sin cortapisas, sin tasas, sin reparar en efectos. A más resistencia mayor presión y con ella mayor dosis de violencia. No existen las normas ni las leyes de la guerra, es falso. El ganador, o sea el fuerte, juzgará al perdedor según su criterio y el derrotado recibirá el castigo por sus crímenes. Los crímenes del vencedor serán atribuidos a la necesidad de usar métodos adecuados al éxito.

La Segunda Guerra Mundial acabó con la mayor demostración de barbarie nunca cometida por un Estado. La consecuencia fue que Estados Unidos (el ejecutor de la crueldad) se erigió en defensor de los derechos de la humanidad tras la masacre. Cabe preguntarse ¿De qué humanidad? Naturalmente de aquella que era afín a los intereses del amo del mundo. Los países discrepantes fueron expulsados del paraíso y estrujados hasta la extenuación o arrastrados hasta la rendición incondicional.

Siempre todo justificado por “El restablecimiento del Orden Mundial” que no es gratis y requiere de cuantiosos sacrificios.

El concepto de guerra se vincula al uso de la violencia extrema para alcanzar objetivos que los litigantes esgrimen como justos. El desenlace suele coincidir con los deseos del más fuerte que, generalmente es quién alcanza a ganar la contienda. Justicia y fuerza acaban mezcladas en una extraña amalgama diseñada por el vencedor.

Al finalizar el conflicto aparecen las víctimas en forma de millones de desplazados, parias y damnificados.

A veces, estos proscritos se rebelan contra su destino empujando a otros miserables a una condena similar a la suya. En ese momento se inicia una especie de reparto de la desdicha, que al tener visos de descontrolarse resulta de todo punto inaceptable para el fortalecido ganador.

El poderoso adoptará un papel de arbitrio repartiendo caridad y migajas. Exigirá resignación a los desdichados. Para que la situación -por injusta que parezca- se acepte será presentada como la única viable y por consiguiente forzosamente aplicada. Como guinda del pastel la propaganda dirigida irá acompañada de información sesgada y así se cocinarán fobias diversas a fuego lento a través de los medios de información controlados.

Aparecerán racismos dormidos y brotarán clasismos escondidos. Se odiará al diferente por serlo sin reparar en que la diferencia no es real, es solo de matiz y frecuentemente nos la presentan impostada.

Al disconforme se le llamará anti-sistema, al descontento le denominarán revolucionario; al incrédulo como peligroso y al rebelde le catalogarán de terrorista. Cuando el verdadero terror haga aparición se habrán quedado sin palabras para nombrarlo y todos aquellos que no sean mansos borregos serán presentados como peligrosos terroristas.

Con esta pasmosa facilidad serán introducidos en el mismo saco titiriteros, cuenta-chistes, noctámbulos pleiteadores, silbadores de himnos, abucheadores borbónicos, ateos y alguna mujer que defienda sus derechos. Antes todo era ETA ¿Ahora?

Pues ahora todo es defensa de la cultura judeo-cristiana, pero por encima de todas las cosas se protegen las cuentas de resultados de las multinacionales de armamento que suministran a ISIS-DAES-ALCAEDA-YIHADISMOS VARIADOS, mientras se patrocina a las Agencias y Compañías de seguridad que abarrotan el mundo de medidas para su inútil protección.

Para salir del paso, se “bolardean” medidas de demostrada escasa utilidad al tiempo que conscientemente se ignoran las raíces del problema ¡Es la guerra idiotas, es la guerra!

28 agosto, 2017

Autor/Autora

José Antonio Luque, es socio de MHUEL (@MHUEL_), analista social y colaborador de AraInfo.


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