Altavoz

Ante el fascismo, antifascismo

Hace meses que mirábamos impasibles a Trump, a Bolsonaro, al ministro de Interior italiano Salvini, a Macron, cuando hacían testimonios hirientes contra diferentes sectores de la población, cuando situaban a algunas personas por encima de otras, cuando nos hablaban desde una posición de superioridad ante colectivos despreciables – pedazos de carne, terroristas, ladrones – que,...
| 3 diciembre, 2018 11.12
Ante el fascismo, antifascismo
Trump, Salvini, Bolsonaro, Casado, Rivera y Abascal.

Hace meses que mirábamos impasibles a Trump, a Bolsonaro, al ministro de Interior italiano Salvini, a Macron, cuando hacían testimonios hirientes contra diferentes sectores de la población, cuando situaban a algunas personas por encima de otras, cuando nos hablaban desde una posición de superioridad ante colectivos despreciables – pedazos de carne, terroristas, ladrones – que, por suerte, no éramos nosotros.

Nos compadecíamos de esas personas migrantes, de esas mujeres, de esas personas racializadas, homosexuales, no cristianas, transgénero, pobres, que iban a sufrir las consecuencias de un gobierno elitista, que no miraba por una población plural y heterogénea, se convertían en gobiernos violentos, discriminatorios.

“Qué pena” exclamábamos, mientras apagábamos la televisión y nos marchábamos a trabajar pensando que, al menos, aquí no se vive tan mal. Mientras tanto, 92 mujeres eran asesinadas por violencia machista, otra mujer se suicidaba ante su desahucio en Madrid, una quincena de personas atacaban a tres inmigrantes al grito de “fuera moros” en Jaén, jornaleras marroquíes denunciaban en Huelva la explotación y violencia sexual a la que estaban sometidas, alrededor de 700 personas mueren ahogadas en el Estrecho, cerca de 2.000 personas permanecen detenidas en CIEs como delincuentes, más de 500 políticos son imputados, violadores salen impunes, y raperos y humoristas son encarcelados por quejarse de todo esto. Aquí no se vive tan mal según quién seas y de dónde provengas.

Hace ya meses que nosotros y nosotras, las españolas de toda la vida, las trabajadoras, las estudiantes, las afortunadas personas normativas que no vivimos tan mal, también comentábamos apenadas, con una cerveza en la mano, sobre el auge del fascismo en el mundo.

Veíamos como se levantaban muros para evitar el paso de seres humanos mientras se agilizaba el intercambio de mercancías y países occidentales se enriquecía a costa de otros, veíamos cómo las mujeres perdíamos los derechos que tantos años nos costó conseguir, cómo se prohibía la ayuda humanitaria en el Mediterráneo, y cómo se mataba, esclavizaba y vendía como animales a personas en Libia, seguimos la caravana de Honduras, la ocupación de Palestina, la masacre del pueblo kurdo y la guerra en Siria al servicio del Capitalismo, cómo aumentan los atentados terroristas en países africanos sin apenas repercusión en los medios, cómo niños y niñas son secuestradas para pasar sus vidas como asesinas sin nada que perder, cómo la droga manda en México más que la política, cómo aumenta día a día la venta de mujeres y niñas como productos de consumo sexual, y un larguísimo etcétera. Pero no pasaba nada, porque, por suerte, todo eso pasaba muy lejos y a nosotros, los europeos privilegiados, esas políticas y ese Sistema interesado, capitalista, fascista y destructor, no nos afectaba directamente.

Ayer VOX se hizo un hueco en el parlamento andaluz con nada menos que 12 escaños, ¿qué vamos a hacer ahora que el fascismo no está tan lejos?, ¿podríamos haberlo evitado si hubiésemos reaccionado antes?

El inmovilismo social de nuestro país es abrumador, el desgaste que suponen las decepciones constantes, el fenómeno extendido de la indefensión aprendida entre la izquierda nos ha sedado de tal manera que ahora nos sorprende el ascenso de la extrema derecha en Andalucía. Estamos tristes, enfadadas, pero seguimos quietas, ¿hasta cuándo?

El fascismo supone la imposición de privilegios de un sector minoritario de la población sobre otros, de las clases altas sobre las bajas, de los hombres sobre las mujeres, de los españoles de pura cepa sobre inmigrantes y racializadas, de la cisheteronormatividad sobre el resto de orientaciones e identidades sexuales.

Sin embargo, las personas que más tenemos que perder con el fascismo somos muchas más. Solo las mujeres ya suponemos la mitad de la ciudadanía, y nos exponemos a perder, nada más y nada menos que la ley contra la violencia de género. Nos jugamos la vida.

La inmigración en el Estado español constituye casi el 10% de la población total, a lo que habría que añadir las segundas e incluso terceras generaciones que también sufren en sus carnes la violencia xenófoba y racista de quienes colaboran en el auge del fascismo. Y, por suerte, quienes todavía creemos en la solidaridad y la empatía, quienes no podemos seguir mirando inmóviles, lucharemos por nuestros compañero y compañeras, aunque no compartamos sus mismas realidades, poniéndonos al mismo nivel y combatiendo las desigualdades desde la horizontalidad.

VOX irrumpe en el Parlamento con medidas autoritarias, como la centralización del gobierno; prohibicionistas, contra el Islam y la libertad de culto, contra entidades autonómicas que considera “superfluas”, como las dedicadas a la mujer, la juventud, el arte contemporáneo o la investigación; medidas que atentan contra la independencia de pensamiento en las escuelas, colaborando con el adoctrinamiento y la rectitud opresoras, que limitan la enseñanza de valores éticos, morales, sexualidad, etc.; medidas enormemente peligrosas que afectan directamente a las mujeres y a homosexuales, trans y otras formas de identidad de género, como la eliminación de la Ley Integral Contra la Violencia de Género, o la Ley de Derechos LGTB; medidas que pretenden frenar la criminalización del fascismo a lo largo de la Historia, e incluso ensalzar el franquismo; medidas que atentan contra los derechos individuales de libre elección sobre nuestros cuerpos, como el aborto o la eutanasia; o una ley de extranjería racista y xenófoba, que pone en riesgo incluso a las personas inmigrantes en situación regular.

Pero VOX es solo la punta que sobresale de todo un grupo de población que lo apoya y que cree que un gobierno como el que el partido propone, puede beneficiarle; quizá por romper con los partidos que tanto han defraudado, quizá por ignorancia, quizá por un nacionalismo desorbitado nacido del debate sobre el independentismo catalán, o quizá – y esto es lo más peligroso – por que defienden una clara ideología fascista.

Sea como fuere, la ideología fascista – sexista, clasista, xenófoba, discriminatoria, represiva – ya ha ganado terreno, y lo va a seguir haciendo, dentro de nuestras fronteras y no podemos sino dar una respuesta clara y contundente, antifascista, pedagógica, comunitaria, transversal y plural, para evitar que continúe propagándose.

Las posiciones apolíticas ya no son una opción, porque cualquier opinión es ya política en sí misma y porque la política hay que jugarla en la calle, en casa, en el bar, en el trabajo, en las universidades, en nuestras relaciones.

El mantenerse al margen de estos asuntos es actuar como cómplices del fascismo y la extrema derecha, y esto ya no puede continuar. Debemos de posicionarnos, y debemos de hacerlo en contra del fascismo, si queremos seguir teniendo alguno de los derechos que hasta hoy hemos ido consiguiendo.

3 diciembre, 2018

Autor/Autora

@EvaSeros. Miembro del proyecto Al Cuadrado Solidario (@AlCuadrado15) y Refugeless (@refugeless)


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