Subportada Altavoz

2017: Cuando la rojigualda se hizo ‘mainstream’

La normalización de la bandera ha llegado a su punto álgido más que a favor de España en contra de Catalunya. Los últimos meses de 2017 han sido testigos de que se unan banderas recién compradas con esas con olor a naftalina y algo deshilachadas. Pero, ¿cómo hemos llegado aquí?
| 30 diciembre, 2017 07.12
2017: Cuando la rojigualda se hizo ‘mainstream’
Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo).

Los balcones siguen mostrando banderas hace poco tiempo compradas. Mantienen los pliegues marcados en sus confinamientos en pequeñas bolsa de celofán, tras largo tiempo dentro de cajas provenientes de ultramar y almacenadas en el bazar chino de debajo de casa. El nacionalismo español es como una metáfora del mundo globalizado. Un nacionalismo que muchos desconocíamos pero que, visto lo visto, ha venido para quedarse.

El último día de septiembre Sergio del Molino, ese progre –en sus propias palabras– y reconocido escritor zaragozano, escribía un artículo en CTXT en el que definía el “sarpullido” rojigualda como “lo que hasta hace nada era la excentricidad de un tipejo facha y un poco gagá con el que sus vecinos evitaban cruzarse en el ascensor se ha convertido en mainstream”. Es sin duda acertado calificar este fenómeno como mainstream, pero conviene una reflexión, pues en estos días se entremezclan rojigualdas recién compradas con otras deshilachadas, como un solo ser. Una especie de amalgama de patriotismos mainstream.

Es cierto que a finales de los años 80, y hasta principio de los 90, este fenómeno era impensable, algo carca que consideramos digno de imágenes en blanco y negro. Los cuarenta años de dictadura estaban muy presentes en la memoria. Si venías de una familia humilde y un barrio obrero, como es mi caso, las banderas de España solo se veían los 20N, en los partidos de la selección –con bastante timidez– y en los tirantes de ese dinosaurio franquista que dirigía Alianza Popular –hoy, bajo el nombre de Partido Popular, convertida en el partido político más corrupto de Europa–.

Pero llegó la mitad de la década de los 90 y algo comenzó a cambiar. Las calles poco a poco se convirtieron en un campo de batalla. El fenómeno de la inmigración impulsó el fascismo. Aunque muchos vivieran ajenos a aquello, cientos de neonazis emergían en ciudades como Barcelona, Valencia, Madrid o Zaragoza. Las banderas de España volvían a estar presentes y lejos de ser mainstream eran algo tan residual como peligroso. Extremadamente violento. Comenzaron a protagonizar razzias que definieron más castizamente como cacerías contra “moros” y “guarros” –inmigrantes norteafricanos y gente de izquierdas–. Parar ese crecimiento no fue sencillo y se les derrotó más en las calles que en ningún otro sitio. De hecho, la justicia siempre fue especialmente tibia en sus condenas. Pongamos el lamentable ejemplo del asesinato de Guillem Agulló (1993) a manos del neonazi Pedro Cuevas, que fue condenado a 17 años de prisión, de los que solo cumplió cuatro. Posteriormente Cuevas ha seguido involucrado con organizaciones neonazis.

Pero pasemos de las calles a los despachos. En 1996 llegaba al gobierno José María Aznar con una tímida victoria que le obligó a pactar con el nacionalismo de derechas vasco y catalán. Por aquella época Aznar hablaba catalán en la intimidad –quizá tratando de cambiar la imagen arrojada por Manuel Fraga y sus históricos tirantes rojigualdas– mientras en otros foros sacaba la patita del patriotismo español.

Cuatro años después Aznar ganaba las elecciones con mayoría absoluta y la bandera volvió a los mítines del Partido Popular sin ningún tipo de pudor. Incluso se comenzaba a alardear de forma extrañamente fetichista de enormes banderas en ayuntamientos como el de Madrid, en el que su alcalde José María Álvarez del Manzano ordenaba –dicen las malas lenguas que instado por el mismísimo José María Aznar– colocar en la Plaza de Colón una bandera de 294m², o lo que es lo mismo, del tamaño de una pista de tenis.

Vivíamos tiempos de bonanza económica a lomos del caballo neoliberal, y el patriótico presidente se fulminaba prácticamente todos los activos estatales. Ninguna empresa pública se salvó de ser vendida total o parcialmente en los ocho años de mandato de Aznar. En cierto modo es realmente curioso este patriotismo liberal español por un lado muestra con orgullo añejo –casi franquista– la bandera y por otro esquilma hasta el último rincón de lo que es propiedad del Estado, deshaciéndose de sus riquezas.

La guerra de Irak y el No a la Guerra en la sociedad, la catástrofe del Prestige y por último el 11M terminó por sacar de sus casillas a la mayoría de la sociedad, que tras haber inundado las calles en diferentes protestas, optó por sacarles del gobierno, y darle la gobernanza a un desconocido José Luis Rodríguez Zapatero. Un señor con talante.

Entonces las banderas españolas dejaron de ser institucionales y volvieron a las calles. Las enarbolaban esos que habían perdido las elecciones. Las enormes marchas contra la guerra en Irak ya habían espoleado al nacionalismo patrio que, tras la llegada de Zapatero al Gobierno español, no dudó en echarse a la calle acompañando a las diferentes manifestaciones de las asociaciones de víctimas del terrorismo o contra el matrimonio homosexual. Fueran quienes fueran sus compañeros de viaje las banderas españolas lo inundaban todo.

En esa asunción del símbolo patrio como algo cotidiano estábamos cuando llegó el fútbol, algo muy patrio cuando de españolidad se trata, y consiguió que el símbolo fuera normalizado al menos en las celebraciones. Era la hora de que la rojigualda se convirtiera en mainstream aunque fuera por unos meses. La selección española de fútbol ganaba la Eurocopa de 2008, a la vez que el gobierno de Zapatero se hundía en sus sillones acosado por una crisis económica planetaria, que en el Estado español convivía con el estallido de una burbuja inmobiliaria que había sido motor económico durante décadas.

Pero qué más daba la crisis económica, la selección conseguía lo imposible. En 2010 ganaría un Mundial, y en 2012 otra Eurocopa. Y así, la que durante la primera Eurocopa fue llamada “la roja”, quizá porque en muchos sectores de la sociedad todavía daba un poco de repelús decir “España”, se convirtió en flamante campeona, y trajo la españolidad esta vez para quedarse.

Antes de que esta selección española ganara su última Eurocopa, ya había llegado Mariano Rajoy al Gobierno consiguiendo el mejor resultado de la historia del Partido Popular con el que quizá haya sido su peor candidato. En cierto modo el PP bebió del descontento social. En mayo de 2011 miles de personas se echaron a las calles abrumadas por una crisis brutal que el PSOE de Zapatero trató de esconder hasta que lo atropelló todo.

El 15M supuso un despertar efímero que pronto se convertiría en política. Pero volvamos al asunto, porque el 15M fue un espejismo que duró lo que duró dejando legados interesantes como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, y otros que han terminado por tener un efecto desmovilizador como es la aparición de Podemos. El tema es que por aquel entonces la bandera que hacía 30 años era sinónima y herencia del franquismo, ya estaba completamente normalizada en la sociedad española del siglo XXI.

¿Pero cómo se ha convertido en mainstream y protagonista de muchos hogares de nuestras ciudades? Pues bien, la llegada de Rajoy al Gobierno conllevó una ruptura de comunicación con la representación política catalana. Catalunya ha vivido un aumento del independentismo continuo, que sin duda el PP se había encargado de rentabilizar en votos.

Lo curioso es que el mensaje anti-independentista había que cumplirlo al llegar a Moncloa y eso terminó por ser el acicate que necesitaba el independentismo para convertirse en sentimiento mayoritario en la sociedad catalana.

Los populares mutilaron el Estatut aprobado por el Parlament catalán presentado un recurso ante el Tribunal Constitucional, para después recortarlo hasta el punto de dejarlo irreconocible. En 2012 Artur Mas, en pleno auge independentista pretendió solucionar las cosas con un acuerdo económico, Mariano le dijo que nanai. El resto del procés es historia reciente, que se ha contado en los medios de comunicación de fuera de Catalunya con un anticatalanismo evidente y exagerado, y dentro de territorio catalán a veces, no siempre, con unos aires de superioridad que también han dañado la opinión pública de lo catalán en el Estado español. Todo esto motivaba un auge del nacionalismo español, que históricamente –con la excepción del fútbol como espectáculo de masas– se siente más cómodo en contra de algo que trabajando por construir un país.

Así, la normalización de la bandera ha llegado a su punto álgido más que a favor de España en contra de Catalunya. Los últimos meses de 2017 han sido testigos de que se unan banderas recién compradas con esas con olor a naftalina y algo deshilachadas.

El anticatalanismo ha conseguido entre otras cosas que 10.000 personas acudan en Zaragoza a escuchar al líder de Falange Española de las JONS, el mismo día que en Catalunya casi mil personas eran apaleadas por las fuerzas de seguridad del Estado por intentar votar. En Barcelona partidos políticos, de los que se denominan constitucionalistas, no han temblado para manifestarse junto organizaciones fascistas en contra del independentismo.

Todos esos patriotas no han tenido ningún reparo en que su país se encuentre en una situación económica lamentable, sin dinero en la hucha de las pensiones, con unos índices de paro juvenil cercanos al 50%, con unos sueldos irrisorios. No han protestado por que el país esté vendido a constructoras y energéticas. No les ha molestado pagar el rescate bancario con dinero público. Tampoco ser gobernados por el partido más corrupto de Europa. No son de ese tipo de patriotas que defienden los intereses de todo un pueblo, son más patriotas del odio, en este caso a lo catalán.

30 diciembre, 2017

Autor/Autora

Miembro del Consello d'AraInfo. @maconejos


Flickr
Twitter
Facebook

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

CERRAR