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“La vida es buena”, ¿para quién? Afuera y abajo de París. Una impresión

“Nosotros venimos aquí con mucha energía para trabajar, para hacer algo para vivir. Pero muchos de nosotros, aquí, debajo de un puente, vivimos una vida que antes desconocíamos. Pasiva, sin dignidad. La espera y la inseguridad nos vuelven locos", Jimmy, refugiado en París
| 28 agosto, 2017 07.08
“La vida es buena”, ¿para quién? Afuera y abajo de París. Una impresión
Asentamiento en París a las puertas del campo de refugiadas |Foto: InEUmanity

“La vida es buena”, reza un enorme letrero en un edificio justo en el límite del centro de París. En esa misma calle, cientos de personas refugiadas duermen cada noche. Esperan para tener acceso a un procedimiento de asilo en Francia y para conseguir un lugar para dormir dentro de un campo. Desde la primavera de este año, la cantidad de refugiados y refugiadas e inmigrantes en las calles de París ha ido aumentando. En los últimos meses se estima que el número de personas que llegan cada día oscila entre los 80 y los 200. El gobierno ha creado más plazas disponibles para su alojamiento durante los primeros tres o seis meses en los llamados Centros de Alojamiento Urgente o en los CAOS (Centros de Recepción y Orientación) pero, debido a su insuficiencia, algunas ONGs han ofrecido alojamiento en hoteles. Sin embargo, esto tampoco ha sido suficiente. Desde primavera, un número creciente de personas duermen en la calle sin saber cuándo van a conseguir un lugar seguro para dormir -o siquiera si van a conseguirlo-.

Este texto es una impresión de la situación en París, para mostrar al mundo hasta qué punto las fronteras de la Unión Europea no sólo bordean los límites reales de la UE y la “zona de amortiguación” a su alrededor – La “zona de amortiguación” hace referencia a los países que sin ser de la UE ejercen de barrera de contención a la entrada de personas refugiadas, como Serbia. (N. del T.)-, sino que las fronteras también se elevan en el interior de la Unión Europea. Si no tienes el pasaporte correcto, eres una persona de segunda clase.

Junto a los semáforos

Junto a la concurrida intersección de Porte de la Chapelle, en el norte de París, al lado del anillo de la autopista, alrededor de 300 personas duermen en tiendas de campaña y bajo los puentes de la autopista. Eligieron este lugar porque está en frente de un campo para refugiados y refugiadas recién llegadas. Este campo proporciona alrededor de 400 camas, y de él la gente debería pasar a un lugar más permanente, dejando sus plazas vacantes. Las personas que esperan fuera reciben un papel con una fecha, en la que tienen derecho a hacer cola para solicitar un lugar en el campo. Sin embargo, la mayoría de las veces que van escuchan que deben volver a intentarlo al día siguiente.

La vida en la calle en París es difícil durante este verano frío y lluvioso. Algunas personas tienen mantas o sacos de dormir, pero muchas otras no tienen lo suficiente para mantenerse calientes por la noche. Tampoco tienen acceso a ropa o duchas. No hay suficientes retretes y disponen de poca agua potable. La única forma de acceder a estos servicios es entrando al campamento. Estas condiciones de vida son inhumanas, especialmente teniendo en cuenta de dónde han venido y por lo que han pasado. Considerando que la mayoría de las personas están muy debilitadas por el peligroso viaje, lo que necesitan es atención y un lugar seguro.

Otras personas que ya están en un procedimiento de asilo tampoco tienen hogar ni refugio. Ejemplo de ello es Awad, un joven de Afganistán que tiene alrededor de 20 años y lleva en París 8 meses. Tiene papeles y su procedimiento de asilo ya ha comenzado, pero no dispone de techo ni ducha. Sólo espera, sin saber qué hacer o a dónde ir.

Asentamiento de refugiadas a las puertas del Campo de Refugiadas |Foto: InEUmanity

Asentamiento de refugiadas a las puertas del Campo de Refugiadas |Foto: InEUmanity

Colas

Todos los días el campo acepta a un pequeño número de personas. Por ello, todos los días, la gente hace cola durante horas, a veces incluso durante la noche, con la esperanza de poder entrar. Cuando el campo empieza a aceptar a gente, los militares -aparentemente sólo hombres blancos- comienzan a controlar la cola, a veces con acciones violentas, sosteniendo spray de pimienta y armas de fuego.

Los refugiados que viven dentro del campo pueden acceder mostrando una tarjeta. Las únicas personas que también están autorizadas a entrar son voluntarias que trabajan para una ONG francesa, que tiene un acuerdo especial con el Estado para trabajar dentro del campamento, permitiéndoles distribuir ropa, etc.

Acerca de esto cabe hacer dos críticas. En primer lugar, esta ONG sólo trabaja dentro del campamento, mientras que fuera se necesita mucha ayuda. Hay suficiente ropa y sacos de dormir en su almacén para ayudar a las personas que duermen fuera, pero el acuerdo con el Estado les prohíbe distribuir al otro lado de la puerta. Así, la inscripción en el campamento se hace necesaria para que la gente tenga acceso a las provisiones. De esta manera, la ONG coopera con el Estado en el registro de refugiados e inmigrantes. ¿Debe ser esta la tarea de una ONG?

En segundo lugar, entre los refugiados hay personas que podrían ayudar con el trabajo de las ONGs, pero no se les permite hacerlo sin un pasaporte europeo. Por ejemplo, delante del campamento nos encontramos con Ahmad, que habla cinco idiomas. Se había ofrecido a traducir, pero su oferta fue rechazada porque no tenía el pasaporte correcto. Considerando que para alguien en tales circunstancias utilizar sus habilidades y asumir una responsabilidad puede devolver parte de la dignidad que se le ha arrebatado, denegar su ayuda se revela como una oportunidad perdida. Otro hombre, Faisal, nos preguntó dónde podía ayudar. “Vosotros podéis sentiros bien aquí porque podéis hacer cosas y ayudarnos, ¡pero yo también quiero hacer algo!”. La ONG, que no responde a estas solicitudes, no parece estar interesada en saber cómo funciona la solidaridad real y debe preguntarse a quién le sirve este acuerdo.

Sin embargo, no es sólo esta ONG la que no está respondiendo a las demandas de las personas refugiadas para poder vivir como seres humanos independientes. Para sentirse humano es importante estar en contacto con amigos y familiares. Una herramienta importante para estas relaciones es el teléfono. Un día, Awad cargó su teléfono en una farmacia cerca de Traffic Square. La siguiente vez que lo fue a cargar ahí, el encargado de la farmacia se opuso a su petición afirmando que “por supuesto” que no es posible “venir todos los días”, y que tendría que probar en otro lugar. ¿Se dio cuenta este hombre de que Awad y los demás refugiados viven en las calles todos los días, y que para ellos no quedan más opciones que preguntar, que ser dependientes de otros?

La ciudad del amor

Jimmy, quién duerme en una tienda debajo de un puente de la autopista, me contó que París es también llamada la ciudad de las fragancias y el amor. “Pero aquí solo huele a pestilencia. ¿Y el amor? ¿Cómo podemos experimentar el amor aquí? ¿El amor de quién?” Jimmy lleva un largo camino a sus espaldas. Cruzó el Sahara, donde algunos de sus compañeros murieron, hasta la costa y desde allí navegaron 4 días en el Mediterráneo sin comida ni agua. En Italia vio personas refugiadas e inmigrantes viviendo en las calles, incapaces de encontrar un trabajo, por lo que decidió continuar su viaje. Quiere trabajar para dar a su familia una vida digna.

“Nosotros venimos aquí con mucha energía para trabajar, para hacer algo para vivir. Pero muchos de nosotros, aquí, debajo de un puente, vivimos una vida que antes desconocíamos. Pasiva, sin dignidad. La espera y la inseguridad nos vuelven locos. No hay posibilidades para hacer nada. Mira este lugar, míranos. ¿Qué piensas? Así no podemos usar nuestra energía o nuestras cualidades.”

Las deportaciones de Dublín

La mayoría de los refugiados teme una cosa: que las huellas dactilares que han tenido que dar en algún otro país de la Unión Europea les haga ser deportados a esos países debido al principio del primer país. Este principio establece que una persona que quiere asilo en la UE sólo puede solicitarlo en el primer país de la UE al que entre. Así, cada vez que una persona pide asilo, sus huellas dactilares son verificadas en una base de datos de reconocimiento de rostros y huellas dactilares llamada EURODAC. Cuando EURODAC detecta que alguien ha entrado en la UE por otro país, esta persona es devuelta a ese país, sin tener en cuenta sus circunstancias personales o sus lazos familiares. El principio del primer país es una parte importante del acuerdo de Dublín, la ley básica del Sistema Europeo Común de Asilo (CEAS). Esta ley de Dublín se va a hacer todavía más estricta con el nuevo CEAS que está siendo debatido en el parlamento europeo en este momento.

Caminando por el campamento uno se da cuenta de que mucha gente habla alemán. No es casualidad. Han vivido en Alemania, pero se dieron cuenta de que su solicitud de asilo estaba siendo transferida a otro país. Sin embargo, volver a Italia, Rumanía, Grecia u otro país del sur o del este, por donde normalmente llegan a la UE las personas refugiadas, no es una opción. En la mayoría de esos países, como en Bulgaria, la vida para las personas recién llegadas es todavía más difícil debido al racismo, a la pobreza entre la población y a la actitud de instituciones como la policía.

Además, este año Bulgaria ha aceptado únicamente a algunos cientos de personas, rechazando a miles. Por todo esto mucha gente viaja a Francia, pensando que una solicitud de asilo en este Estado les dará la oportunidad de un verdadero procedimiento de asilo. Un chico de París nos dice, irónicamente, que quizás deba cortarse las huellas dactilares, pues teme ser deportado a Bulgaria. A Hadas, un joven abogado pakistaní, los talibanes le exigieron que se uniera a ellos por su amplio dominio de idiomas. Decidió huir de su país, pero ha vivido todavía más violencia en Europa. En Bulgaria, cuenta, la policía golpeaba a la gente en las calles sin razón alguna. Nunca había vivido algo como eso antes.

Grafiti en París en contra del acuerdo de Dublín |Foto: InEUmanity

Grafiti en París en contra del acuerdo de Dublín |Foto: InEUmanity

Buena vida, pero sólo con el pasaporte correcto

En el centro de la ciudad, a pocas calles de Port de la Chapelle, la gente disfruta de la “buena vida”. Los restaurantes, los museos y las tiendas están repletos de turistas de todo el mundo. Allí, dónde todo el mundo descansa en una cama cálida y segura, no hay ni rastro de la realidad que viven aquí las y los refugiados. ¿La mayor diferencia entre ellos y los turistas? Su pasaporte.

¡Toda nuestra solidaridad con los refugiados! ¡Hay que combatir el CEAS!

Nota: Este artículo fue escrito en la tercera semana de agosto. La mañana del día 18, Porte de la Chapelle fue desalojada por la policía por 35ª vez en dos años. La violencia con la que se produjo el desalojo es una muestra más del trato inhumano que los estados europeos dan a los refugiados y migrantes. La gente que dormía allí ha sido llevada a diferentes lugares, como polideportivos, como solución temporal para algunos días o semanas. Algunos consideran este hecho positivo, pues finalmente podrán dormir bajo techo. Otros, al haber sido registrados en las bases de datos, temen ser deportados debido al principio del primer país.

Es de esperar que en pocas semanas La Chapelle vuelva a la situación descrita en estas líneas.

Artículo original publicado por InEUmanity y traducido por Lorien y Alberto Cirera
28 agosto, 2017

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